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Recibimos según nuestra fe

Antonio Fernández.- Adentrados en el lago de Genesaret narra el Evangelista lo ocurrido: “Y de pronto el mar se puso muy agitado, al punto que las olas llegaban a cubrir la barca; Él en tanto dormía”…

Comparando lo que en ese momento vivieron los discípulos a pesar de ser avezados pescadores acostumbrados a enfrentar tempestades, reconocieron que ésta era muy diferente en fuerza y furia, sus fuerzas eran vanas ante su impetuosidad.

Preguntamos, ¿cuántas veces se ha salido de casa al trabajo, al estudio, al paseo, a la diversión, a cumplir los deberes para con Dios, visitar un enfermo e inesperadamente nos topamos con algo que nos saca y desajusta la calma que teníamos, de pronto nos vemos en un camino sin salida, una especie de círculo al que no le encontramos salida? ¿Cuáles pueden ser estas situaciones?

Al revisar la causa, habremos de reconocer que lo sucedido fue en razón a nuestras negligencias, si no hubiéramos actuado o hecho lo que no debió hacerse al prójimo creando un descontrol a su vida que angustiado busca ansioso resolver, las cosas no estarían en tal situación que no tiene forma de resolver, de poseer la gracia.

Dios en su momento permitirá la oportunidad de reconocer su imprudencia y arrepentirse del error convertido, quien diga ¿Por qué me ha pasado esto, imposible lo que se me señala? ¡Quien diga esto miente! Es una inocente expresión que no está justificada, no está arrepentido, no reconoce, pero su conciencia le dice “Tú eres el causante vive agobiado”.

Así fue en los discípulos, de pronto se ven dentro de una tempestad, dirían vamos a controlar la barca y en sus adentros orgullosos dirían sabemos cómo dominarla, pero la tempestad arreció y las cosas se complican, están a punto de hundirse, mas fue en vano su agobiado esfuerzo, sin tener presente que está con ellos de pasajero al Señor que en ese momento descansaba.

Nunca recapacitaron, como sucede en nosotros cuando nos vemos en espinosas circunstancias, no vemos ni pensamos que así como Dios va con ellos en la barca y dormía como hombre, como Dios está atento a lo ocurrido; abrumados no consideraron que la barca no se hundirá porque el Señor estaba a su lado. Fue su falta de fe el que nunca viniera a su mente que con Dios estaban a salvo y recibieron según su fe.

Bien, es de recapacitar nuestra falta de fe, peleamos contracorriente consecuencia de nuestros errores, sin jamás pasar por la mente que acercándose a Dios suplicando su perdón no lo hacemos porque la fe la tenemos muy lejana para volver la vista al Señor. Si hubiera un algo habremos de recordar que recibimos según nuestra fe.

Los discípulos en ese momento habían alcanzado una fe incipiente a pesar de esa pequeñez, para nuestro conocimiento les hizo ver adónde recurrir para vencer la tempestad que los había rendido. Sin esperar a más fueron al Señor. Relata el Evangelista: “Acercáronse y lo despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos, que nos perdemos!”…

Por favor cristiano católico, en verdad has obrado como lo hicieron los discípulos del Señor, tú que has sido creado por Dios, a no dudar que lo has hecho, de otra forma no estaría tranquila tu alma y tu conciencia, porque quien lo hace o lo ha hecho y vive en la misma penalidad que ha vivido encerrado en el círculo vicioso es por su falta de fe.

Llevemos nuestro pensamiento a ese hermoso acto de reconocimiento de la misericordia divina a sus discípulos. Bien entendieron que sus fuerzas, experiencia y conocimiento de hombres de mar había llegado al límite final: morir ahogados. Su expresión es una oración profunda: “¡Señor, sálvanos, que nos perdemos!”…

A diario el Señor deposita las oportunidades de salvación que sería bien tener su oración como devoción en nuestros labios al iniciar el día, al levantarse, en las actividades y al finalizar reconociendo nuestra pequeñez y miseria.

Así fue en los discípulos, venciendo todo escrúpulo despiertan de su sueño al Señor, que a no dudar dejó que las cosas sucedieran para enseñar a los siglos que por muchas cosas buenas o malas que realicemos las fuerzas físicas, altas capacidades de inteligencia como excelentes habilidades y orgullo de realizarlas nos envanece llevándonos a creer que nada ni nadie puede hacerlo mejor.

Es estar siempre vigilantes cuando por sorpresa aparece la caída consecuencia de errores pasados, asemejándose al resbalón de una escalera de diez, veinte o más escalones, caída mortal; la misericordia divina acudirá a detener esa caída viendo que el pecador movido por la fe y confianza en Él como nos enseñan sus discípulos vendrá la calma.

Nuestro Señor Jesucristo se levanta viendo desesperación, miedo y temor en sus corazones. Dice el Evangelista: “Él les dijo: ¿Por qué tenéis miedo, desconfiados? Entonces se levantó e increpó a los vientos y al mar, y se hizo una gran calma”…

Al escuchar la palabra del Señor los discípulos sintieron el alivio a sus padecimientos, ahora bien, dejaron en ese mismo instante fuera de su persona toda duda y su fe en Él dio un salto gigantesco, una por el milagro que estaban presenciando, segundo aflora en extremo en cada uno la confianza absoluta en su Maestro.

Su expresión no solo caló su corazón, sino que taladró hasta el fondo de su alma y dejaron terminada en ellos la duda, recelo y desconfianza para siempre, mas se fijó en ellos cómo increpó a los vientos y al mar que éstos obedecen a su creador al momento, de donde entendieron que la obediencia es punto vital para permanecer cerca del Señor, virtud que será en ellos al paso de los tiempos hábito del orden de la Iglesia a fundar por ellos.

El dominio que Jesucristo Nuestro Señor mostró sobre la naturaleza al calmar la vorágine y luego venir la calma, tranquilidad y paz. La grandeza de Dios es para comprender que toda criatura habrá de tener confianza en Él, quien tiene el poder de sacudir no solo la naturaleza sino nuestra vida, y no consentir y tolerar que fuerzas ajenas como los pecados capitales al intentar penetrar en el alma se presentan veleidosos y atractivos a nuestra voluntad para hacernos perder el equilibrio que la fe mantiene para con el Señor.

Debe empeñarse a que esa fe siempre sea ascendente en el alma y no dejar que baje del escalón logrado, porque la fe es gracia habitual, así el Señor podrá tranquilizar todas aquellas penas y tristezas, agobios y preocupaciones que oprimen el corazón.

Pasada la tempestad vino la serenidad y el reposo, el arrepentimiento que hizo ver lo hecho y la esperanza de reparar lo que no debió hacerse, así que el Evangelista nos expone el ánimo de los discípulos: “Y los hombres se maravillaron y decían: ¿Quién es Éste que aun los vientos y el mar le obedecen?”…

A quien llaman Éste les dio a conocer que aprendan a ser humildes y caritativos siempre con el prójimo y que esa barca en la que iban es la Iglesia a la que les dejará la responsabilidad de crear inspirados por el Espíritu Santo, y que así como vivieron la tempestad a punto de hundirse y Él salvó de perderse junto con todos, así atravesará su Iglesia a ellos encomendada.

Pasará por el mar del mundo, vendrán olas imponentes para sumergirla en el mar de la maldad humana y diabólica de Satanás, pero Él la calmará victoriosa y cada vez más cimentada en la vida del mundo.

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque a ellos pertenece el reino de los cielos. Bienaventurados los que tienen misericordia, porque para ellos habrá misericordia. Bienaventurados los de corazón puro, porque ellos verán a Dios”…

 

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Recibimos según nuestra fe

Antonio Fernández.- Adentrados en el lago de Genesaret narra el Evangelista lo ocurrido: “Y de pronto el mar se puso muy agitado, al punto que las olas llegaban a cubrir la barca; Él en tanto dormía”…

Comparando lo que en ese momento vivieron los discípulos a pesar de ser avezados pescadores acostumbrados a enfrentar tempestades, reconocieron que ésta era muy diferente en fuerza y furia, sus fuerzas eran vanas ante su impetuosidad.

Preguntamos, ¿cuántas veces se ha salido de casa al trabajo, al estudio, al paseo, a la diversión, a cumplir los deberes para con Dios, visitar un enfermo e inesperadamente nos topamos con algo que nos saca y desajusta la calma que teníamos, de pronto nos vemos en un camino sin salida, una especie de círculo al que no le encontramos salida? ¿Cuáles pueden ser estas situaciones?

Al revisar la causa, habremos de reconocer que lo sucedido fue en razón a nuestras negligencias, si no hubiéramos actuado o hecho lo que no debió hacerse al prójimo creando un descontrol a su vida que angustiado busca ansioso resolver, las cosas no estarían en tal situación que no tiene forma de resolver, de poseer la gracia.

Dios en su momento permitirá la oportunidad de reconocer su imprudencia y arrepentirse del error convertido, quien diga ¿Por qué me ha pasado esto, imposible lo que se me señala? ¡Quien diga esto miente! Es una inocente expresión que no está justificada, no está arrepentido, no reconoce, pero su conciencia le dice “Tú eres el causante vive agobiado”.

Así fue en los discípulos, de pronto se ven dentro de una tempestad, dirían vamos a controlar la barca y en sus adentros orgullosos dirían sabemos cómo dominarla, pero la tempestad arreció y las cosas se complican, están a punto de hundirse, mas fue en vano su agobiado esfuerzo, sin tener presente que está con ellos de pasajero al Señor que en ese momento descansaba.

Nunca recapacitaron, como sucede en nosotros cuando nos vemos en espinosas circunstancias, no vemos ni pensamos que así como Dios va con ellos en la barca y dormía como hombre, como Dios está atento a lo ocurrido; abrumados no consideraron que la barca no se hundirá porque el Señor estaba a su lado. Fue su falta de fe el que nunca viniera a su mente que con Dios estaban a salvo y recibieron según su fe.

Bien, es de recapacitar nuestra falta de fe, peleamos contracorriente consecuencia de nuestros errores, sin jamás pasar por la mente que acercándose a Dios suplicando su perdón no lo hacemos porque la fe la tenemos muy lejana para volver la vista al Señor. Si hubiera un algo habremos de recordar que recibimos según nuestra fe.

Los discípulos en ese momento habían alcanzado una fe incipiente a pesar de esa pequeñez, para nuestro conocimiento les hizo ver adónde recurrir para vencer la tempestad que los había rendido. Sin esperar a más fueron al Señor. Relata el Evangelista: “Acercáronse y lo despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos, que nos perdemos!”…

Por favor cristiano católico, en verdad has obrado como lo hicieron los discípulos del Señor, tú que has sido creado por Dios, a no dudar que lo has hecho, de otra forma no estaría tranquila tu alma y tu conciencia, porque quien lo hace o lo ha hecho y vive en la misma penalidad que ha vivido encerrado en el círculo vicioso es por su falta de fe.

Llevemos nuestro pensamiento a ese hermoso acto de reconocimiento de la misericordia divina a sus discípulos. Bien entendieron que sus fuerzas, experiencia y conocimiento de hombres de mar había llegado al límite final: morir ahogados. Su expresión es una oración profunda: “¡Señor, sálvanos, que nos perdemos!”…

A diario el Señor deposita las oportunidades de salvación que sería bien tener su oración como devoción en nuestros labios al iniciar el día, al levantarse, en las actividades y al finalizar reconociendo nuestra pequeñez y miseria.

Así fue en los discípulos, venciendo todo escrúpulo despiertan de su sueño al Señor, que a no dudar dejó que las cosas sucedieran para enseñar a los siglos que por muchas cosas buenas o malas que realicemos las fuerzas físicas, altas capacidades de inteligencia como excelentes habilidades y orgullo de realizarlas nos envanece llevándonos a creer que nada ni nadie puede hacerlo mejor.

Es estar siempre vigilantes cuando por sorpresa aparece la caída consecuencia de errores pasados, asemejándose al resbalón de una escalera de diez, veinte o más escalones, caída mortal; la misericordia divina acudirá a detener esa caída viendo que el pecador movido por la fe y confianza en Él como nos enseñan sus discípulos vendrá la calma.

Nuestro Señor Jesucristo se levanta viendo desesperación, miedo y temor en sus corazones. Dice el Evangelista: “Él les dijo: ¿Por qué tenéis miedo, desconfiados? Entonces se levantó e increpó a los vientos y al mar, y se hizo una gran calma”…

Al escuchar la palabra del Señor los discípulos sintieron el alivio a sus padecimientos, ahora bien, dejaron en ese mismo instante fuera de su persona toda duda y su fe en Él dio un salto gigantesco, una por el milagro que estaban presenciando, segundo aflora en extremo en cada uno la confianza absoluta en su Maestro.

Su expresión no solo caló su corazón, sino que taladró hasta el fondo de su alma y dejaron terminada en ellos la duda, recelo y desconfianza para siempre, mas se fijó en ellos cómo increpó a los vientos y al mar que éstos obedecen a su creador al momento, de donde entendieron que la obediencia es punto vital para permanecer cerca del Señor, virtud que será en ellos al paso de los tiempos hábito del orden de la Iglesia a fundar por ellos.

El dominio que Jesucristo Nuestro Señor mostró sobre la naturaleza al calmar la vorágine y luego venir la calma, tranquilidad y paz. La grandeza de Dios es para comprender que toda criatura habrá de tener confianza en Él, quien tiene el poder de sacudir no solo la naturaleza sino nuestra vida, y no consentir y tolerar que fuerzas ajenas como los pecados capitales al intentar penetrar en el alma se presentan veleidosos y atractivos a nuestra voluntad para hacernos perder el equilibrio que la fe mantiene para con el Señor.

Debe empeñarse a que esa fe siempre sea ascendente en el alma y no dejar que baje del escalón logrado, porque la fe es gracia habitual, así el Señor podrá tranquilizar todas aquellas penas y tristezas, agobios y preocupaciones que oprimen el corazón.

Pasada la tempestad vino la serenidad y el reposo, el arrepentimiento que hizo ver lo hecho y la esperanza de reparar lo que no debió hacerse, así que el Evangelista nos expone el ánimo de los discípulos: “Y los hombres se maravillaron y decían: ¿Quién es Éste que aun los vientos y el mar le obedecen?”…

A quien llaman Éste les dio a conocer que aprendan a ser humildes y caritativos siempre con el prójimo y que esa barca en la que iban es la Iglesia a la que les dejará la responsabilidad de crear inspirados por el Espíritu Santo, y que así como vivieron la tempestad a punto de hundirse y Él salvó de perderse junto con todos, así atravesará su Iglesia a ellos encomendada.

Pasará por el mar del mundo, vendrán olas imponentes para sumergirla en el mar de la maldad humana y diabólica de Satanás, pero Él la calmará victoriosa y cada vez más cimentada en la vida del mundo.

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque a ellos pertenece el reino de los cielos. Bienaventurados los que tienen misericordia, porque para ellos habrá misericordia. Bienaventurados los de corazón puro, porque ellos verán a Dios”…

 

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