La manifestación del Señor

Antonio Fernández.- Estamos en el tiempo de Epifanía, que significa la manifestación del Señor, de ello San León  nos dice: “Ver en la adoración de los Magos los comienzos de la fe cristiana, la hora en que el inmenso desfile del mundo pagano inicia su caminar para seguir la estrella que le llama e ir a su Salvador”.

Vayamos un poco atrás para normar nuestro criterio en ello, cuando El Ángel del Señor anuncia a María la encarnación del Verbo dijo: “No temas María, porque has hallado gracia cerca de Dios, he aquí que vas a concebir en tu seno, y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús”.

El deseo del Señor, ha sido escuchada por María Virgen con devoción, solemnidad, humildad y fe, pasa luego el Ángel a exponerle las responsabilidades que para el Verbo de Dios ha dispuesto el Señor desde antes de todos los tiempos: “El será grande y será llamado el Hijo del altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su Padre, y reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”.

Recibe María del Mensajero de Dios la promesa divina para el hijo encarnado, gozo que recrea su corazón. Pasado el momento jubiloso de la Anunciación, sin tener conocimiento de la profecía de San Simeón, vive María en su corazón el dolor agudo de la incomprensión al regresar a su casa de Nazaret, después de tres meses de visitar a su prima Isabel.

José, esposo de María la recibe, al verla bajar de la montura descubre su estado maternal, que en el acto María percibe sin poder dar la explicación de la aparición del Ángel ni la concepción por obra del Espíritu Santo, viene a su pensamiento de José la idea de alejarse de María, el corazón de María oprimido por el dolor ruega a Dios y deja todo en manos de su providencia.

Es por demás entender el agobio interior de María saber y no poder decir, ha visto en el semblante de José aflicción, dolor y confusión, pero como era hombre justo, no quiso repudiarla públicamente y decide despedirla en secreto, mientras él andaba en este pensamiento, interviene el ángel del Señor en sus sueños y le hace saber: “José hijo de David, no temas recibir a María tu esposa, porque su concepción es del Espíritu Santo”.

Lo que hizo a José comprender la realidad que ya conocía de las Escrituras, superada esta adversidad de dolor viene la venida al mundo del Hijo de Dios hecho hombre, María y José se ven obligados salir de Nazaret ir a Belén, un recorrido de cien kilómetros, agotador y problemático por las condiciones del próximo alumbramiento de María, las inclemencias del tiempo nada placenteras y conforme pasa el tiempo los dolores avisan espaciados el próximo nacimiento, convirtiendo el camino en sufrimiento y además tendrán muchos contratiempos que José habrá de superar.

La razón de este movimiento fue profetizada por Miqueas: “Mas tú Belén Efratá, eres pequeña para figurar entre los millares de Judá; de ti saldrá, quien ha de ser dominador de Israel”.

La omnipotencia de Dios da cumplimiento a la profecía ajustada a la actuación del hombre, en este caso, es el decreto del César que ordena a todo israelita empadronarse en los lugares del origen de sus familias no de nacimiento, lo que nos enseñan a cumplir nuestras obligaciones el ejemplo es María que sufrirá con su hijo a punto de dar a luz.

Mientras José padecerá por ambos, ver el dolor en Marí y acrecentando su preocupación por el momento inminente del nacimiento, en su mente repasa la pregunta: ¿En qué lugar dará a luz mi esposa? ¿No encuentro lugar para ello?

El camino a Belén se convirtió para los esposos en una Vía de apuro y los caminos pedregosos, la arena del desierto hace lenta la marcha de la montura, el sol abrasador y las noches heladas los hace estar sujetos a las situaciones imprevisibles del alumbramiento.

Pero la fe de María y de José son el baluarte espiritual de su alma fortalecida por Dios al que depositan toda su confianza en Él, cuando alejado el dolor viene el momento de mayor gozo en el corazón de María Virgen, al recibir en sus brazos al Niño Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo, en una cueva excavada en las rocas fuera de Belén.

Donde María al llegar de un viaje pesaroso pudo descansar sobre una piedra y depositar el Niño Jesús en un pesebre que es el lugar donde se da de comer a los animales convertida en la cuna del Rey de Reyes y del Señor de los señores.

Cuánto tenemos para meditar del nacimiento del Niño Jesús y los padecimientos de María y de José su humildad fue el mejor recibimiento para el Hijo Amado del Señor en su primera venida al mundo, porque precisamente son los bienes de salvación que Dios, a través de su Divino Hijo predicará a su pueblo.