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Un enfoque estructural de la corrupción (Parte I)

Candelario González Villa.- Es fundamental analizar las ideas más comunes que hay sobre las causas de la corrupción y cambiar radicalmente los supuestos básicos de las políticas actuales del combate a la corrupción en México.

a) La corrupción no es un asunto cultural, sino institucional y político.

Típicamente se entiende a la corrupción como una cuestión cultural, algo que surge de nuestra esencia mexicana. De allí se derivan las iniciativas para fomentar la “cultura de la legalidad” o los programas contra “la mordida”. La intención de otras iniciativas es la “modernización” y el “desarrollo” de nuestra cultura política para que ésta llegue a ser más parecida a las de las sociedades desarrolladas del norte.

Sin embargo, la corrupción no es algo indisoluble que esté ligado o corresponda a la supuesta “idiosincrasia mexicana”. En términos de probidad y transparencia, es un fenómeno eminentemente institucional y político. La experiencia comparada nos demuestra que con voluntad política, transparencia y conocimiento sobre los mecanismos y huecos legales que la permiten, los niveles de corrupción pueden disminuirse significativamente a partir de un rediseño institucional. Una reforma institucional adecuada puede transformar radicalmente los incentivos a los servidores públicos, ciudadanos y empresarios, abriendo la senda para una nueva normalidad de la rendición de cuentas.

b) Un diagnóstico diferenciado: más allá de la mordida.

Tradicionalmente los programas de combate a la corrupción en México suelen partir de dos supuestos equivocados. Por un lado, se entiende la corrupción como un fenómeno relativamente homogéneo que se puede combatir por medio de estrategias únicas y generales.

Por otro lado, los programas actuales enfatizan en los actores más vulnerables en términos políticos, o en los elementos menos agresivos de la corrupción, por ejemplo, los ciudadanos en el fenómeno de la “mordida”.

Un plan integral de combate a la corrupción debería partir de una diferenciación fina entre las múltiples dimensiones y formas en que ésta se da. Por ejemplo, hay que distinguir entre el soborno y la extorsión (¿quién corrompe?), la estructura y la agencia (¿desde dónde se corrompe?), el estímulo y la evasión (¿para qué se corrompe?), los pagos aislados y los generalizados (¿Qué tan frecuentemente se corrompe?), y la pequeña y la gran corrupción (¿cuál es el alcance social de la corrupción?). Hay que diseñar estrategias específicas para combatir cada tipo y forma de corrupción.

c) El sector privado participa en la corrupción tanto como el sector público.

Es necesario conceptualizar la corrupción como una red de relaciones, un sistema de complicidades. El sector privado es uno de los actores más importantes que participa y fomenta este círculo vicioso. En un mundo cada vez más competitivo hay mayores incentivos para conseguir ventajas especiales a cualquier costo.

Desde hace mucho tiempo, a todo el mundo nos ha quedado claro que el “mercado” no funciona con base en leyes automáticas ni objetivas; la falacia de la “mano invisible” es hoy más visible que nunca. Por el contrario, sin una fuerte aplicación de leyes y regulaciones por parte del Estado, la competencia desleal se convierte en la regla en el mercado; y el comportamiento honesto y competitivo, en la excepción.

d) La corrupción no es solo una cuestión de sumas y restas, sino de democracia y justicia.

Tradicionalmente se entiende a la corrupción como algo que consiste de manera exclusiva en la desviación directa de recursos públicos al bolsillo de los funcionarios. Sin embargo, ello constituye solo una de las múltiples formas en que el interés público puede ser desvirtuado o “corrompido”. La corrupción está relacionada con el clientelismo y la captura.

Los tres conceptos implican la utilización de los cargos públicos para el beneficio privado o particular, pero cada uno de ellos lo hace de forma distinta. La corrupción implica el enriquecimiento ilícito de los servidores públicos. El clientelismo implica la canalización irregular de servicios a cambio de favores políticos o electorales. La captura del Estado por poderes fácticos genera rentas injustificadas para entidades del sector privado o el desvío de recursos públicos en su beneficio.

No se puede abordar el fenómeno de la corrupción desde un fenómeno solamente contable, como si fuera solo una cuestión de sumas y restas de dinero perdido y recuperado. La corrupción es un cáncer que desvirtúa integralmente al Estado, al mercado y a la sociedad.

Su combate entonces implica el desarrollo de una estrategia integral y estructural que redefina y consolide los tres ámbitos (Estado, mercado y sociedad), así como una rearticulación entre cada uno.

Por lo común, se piensa que la corrupción es un problema exclusivo de los países pobres, atrasados, con Estados débiles, con oligarquías dominantes, con poca tradición democrática o sin suficiente educación cívica. Esto no es así, según los informes de Transparencia Internacional, la corrupción se presenta en países con diferentes niveles de desarrollo, pobres y ricos. La lista de casos es interminable y en ella encontramos a políticos, empresarios, dirigentes sociales, ministros de culto, militares, policías vinculados a hechos de corrupción, en todo tipo de sociedades y países.

* Consulta: “Nuevo proyecto de Nación por el renacimiento de México”