Por el temor de ser despreciado

Antonio Fernández.- El ser humano es propenso a temer ser despreciado, y a despreciar al prójimo por envidia; el primero recela y desconfía; el segundo se anima, se atreve y se decide; el primero vive “aterrado, turbado y asustado”, el segundo viola, roba y quita la vida, uno y otro dicen amar y engaña, dice servir y maldice.

¿Por qué esta diferencia en el comportamiento? Es la actitud del que vive con el temor de ser despreciado. La realidad humana es que la inmensa mayoría es temerosa de cumplir sus obligaciones como hijo de Dios, de cumplir su doctrina y mandamientos que a todos sin excepción se nos pide, en correspondencia estamos obligados a obedecerlos, a convertirlos en norma de obligado cumplimiento.

No hay razón para molestarnos, porque el Señor es quien nos encamina a nuestra salvación eterna; Él es quien motiva a ganar la gloria, no de esta vida, sin de la otra, que vendrá después de la muerte, por lo que en nuestro paso terrenal, es hacer de lado todo pretexto y justificación para eludir, esquivar o escabullirse de su obligación.

Por eso, el que rehúye su obligación es porque no quiere mantener ni conservar el orden espiritual y moral que Cristo Nuestro Señor desea.

Por lo que se debiera temer cuando dijo: “Quizá, dé fruto en lo futuro, si no la cortarás”… Refiriéndose a la higuera que tenía tres años sin dar fruto, el dueño (Dios Padre), ordena cortarla porque carece de fruto, el sembrador pide tiempo para abonarla y regarla, prometiendo que en corto tiempo dará el fruto esperado.

Cristo Nuestro Señor es el sembrador que aboga por sus almas buenas y malas, atraigamos a la mente cuando en su agonía eleva su voz en oración suplicante al Padre por nosotros: “Señor perdónales porque no saben lo que hacen”.

El fruto expuesto en el Evangelio es la fe, que nos lleva a amar a Dios sin temor, y a confiar en su infinita misericordia su promesa a través de los siglos.

¿Cuántas enseñanzas dio Jesús a los suyos y a la posteridad para su salvación? Las resumimos por decir, en una palabra, nos permite apreciar su benevolencia que excede en extremo lo ordinario, porque es numerosa, abundante e intensa su misericordia.

¿Cuántas enseñanzas dejó a los de su tiempo y entregó a la posteridad de los siglos para su salvación? Múltiples. ¿Cuántas se han guardado y guardan en los corazones?  La respuesta la tienes estimado lector(a).

La tentación, es ese impulso que conocemos nosotros mismos, nos excita hacer una cosa que en la mayoría de los casos no se debió hacer, es el estimulante que induce a obrar mal, en este caso, la tentación es un tentáculo satánico que atosiga al ser humano a rechazar la doctrina y mandamiento enseñados por Cristo Nuestro Señor.

La tentación seduce al pecador mostrándole que cumplir con lo que se le pide, es una carga muy pesada que no vale la pena el esfuerzo, pero cuando la incitación tienta logra que el pusilánime rompa con la gracia, ahí perdió todo temor, miedo y cobardía para las cosas mundanas, enciende la pasión de sus inclinaciones al ser atraído a perderse en la sensualidad del gozo y el placer del mundo.

Que muchos quisieran no hablar de ello, porque la vida cómoda y placentera de los vicios y las malas costumbres, pereza y ocio es donde se sienten realizados. ¿En qué? En nada.

A unos pocos da vergüenza, a otros muchos, nada les importa que se conozca la postura de su conducta, por eso, criticar y juzgar sin conocimiento, es consecuencia de una vida alejada de su Creador.

Hoy en el mundo se goza, mañana, antes de iniciar la otra vida se darán las cuentas al dueño del redil.

La tentación perturba y envuelve a caer en este envolvimiento, para el egoísmo de ese timorato, ya no será despreciado, será estimulado, reconocido y empujado a disfrutar sin escrúpulos todo deseo que le lleve al placer del cuerpo en agravio de su alma.

Y la pregunta, ¿Y el temor que muestra la conciencia, dónde quedó? ¡Vencida! Así es la conducta humana, en su paso por el mundo es presa de su miseria, flaqueza y debilidad, que mueve el cuerpo a una vida efímera y pasajera.

En el fondo del ser humano, es el temor de ir a Dios su creador, irónica defensa, es inútil como vana enjuiciar y censurar, dijo el Señor: “¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?”… Por temor.

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