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¿Por qué en la Gómez Morín?

A Joaquín Cosío y a Perla De la Rosa, con afecto

Marcos Aldana Aguirre.- No sé cuántos idiomas dominaba Ernesto Ochoa Guillemard, a mí siempre me habló en español.

Pero a esa cualidad de políglota se le cuelgan otras medallitas de mérito, hasta dejarlo como San Lorencito: actor, director de teatro, ingeniero de minas, campeón de esgrima, trapecista, maestro de español, maestro de música. No sé dónde aprendió todo eso, quizás en Parral, donde tuve el gusto de conocerlo la vez que fui a visitar a mi hermano Jesús Manuel, su amigo.

Y una especie de Tin Tan en “El Revoltoso”. Defendiendo a discípulos no paraba en vecindades. Quiso hacer un paro a un canal a favor de actores.

Es figura internacional, presentó obras en Europa. No todos los días fallece una persona así, y sé que la ANDA, o el Tec, la UACJ o sus viejos alumnos, van a perpetuar su memoria no solo con una placa de bronce en teatro alguno, sino con una calle y aula de estudios superiores.

Nos apreciamos, pero nunca nos salieron las cosas bien. Así fue otro amigo y compadre, que donde íbamos había pleito o conato, pese a lo simpático que fue. Creí que era yo el que provocaba, pero un día me dijo su primo, vendedor de autos en El Paso: “Oye, no sé qué le pasa a éste; a bar que entramos bronca que se nos viene. ¡Ya no voy a salir con mi primo!”

Y para escribir estas líneas en memoria de Ochoa pensaba las dificultades que me ocasionó, pero concluí que fue al revés: el amigo inconveniente de él fui yo. No debió juntarse conmigo.

Ochoa siempre fue aplaudido y aclamado por sus obras, pero cuando presentó mis parodias del Tenorio le llovieron abucheos a él y huevazos a sus actores. Venían de los mismos que años atrás habían lapidado el Cine Premier, la vez que se presentó Irma Serrano al natural en “Naná”.

Lo inexplicable es que en mis parodias ninguna actriz salía al natural.

Para proteger a los actores -sobre todo actrices, porque una esquivó un huevazo que pudo costarle un ojo- decidimos meter al teatro colonos del líder  Pedro Matus, a quien entregué una caja de zapatos llena de boletos, diciéndole que los diera a precio bajo y mitad para su causa y mitad para los actores.

No sé si los regaló o las dos mitades fueron para él, pero se llenó el teatro los días subsecuentes y no se volvió a parar allí un agresor. Pero metí en un lío a Ochoa: sus actores no sacaron nada. Le di un carro que tenía descompuesto para que lo rifara. (Así que ya saben: a mí no me confíen los boletos. Es más: soy periodista, no gente de teatro)

Después en otra parodia del Tenorio, y en otro canal, Ochoa llevó un video promocional donde sale un actor con sotana representando a un personaje de esos que el Papa Francisco quiere erradicar definitivamente de la Iglesia.

Como no supe qué escena escogió Guillemard, pasó el promocional al aire. Y se acabó el programa. El concesionario ya había recibido una agresión en el Cine Premier y no le pareció divertido.

No sé si entre los actores que llevó en aquellas ocasiones Ochoa iba Joaquín Cosío, pero leí sus declaraciones sobre la ironía de que muriera en una curva muy comercial; pero le diré al actor de la magnífica película “Matando Cabos”:

Lo irónico de haber sido atropellado allí y por haber recibido agresiones desde antes por los simpatizantes de don Manuel ¿Por qué en la Gómez Morín?

Ochoa transitó mucho por la avenida de Elías Calles, que también fundó un partido, y nunca le pasó nada.

(¡Descansa en paz, y gracias por tu amistad!)