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De xenofobia y otros demonios

German Gez.- Uno de los episodios más dramáticos de la historia reciente de la humanidad es el conocido Holocausto, que causó la muerte a cerca de seis millones de judíos en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

Las imágenes de los campos de concentración todavía conmueven al mundo y las películas que retratan este episodio de la historia siguen inundando pantallas de cine y televisión en todo el mundo.

Pocas décadas después, el mundo entero, Estados Unidos incluido, se escandalizó con la no menos célebre política del Apartheid sudafricano, la cual imponía restricciones de traslado entre ciudades del país por la simple apariencia de la persona o por la raza a la cual perteneciera.

Nelson Mandela fue, durante muchos años, el líder que luchó por la abolición del Apartheid que, incluso, llegó a crear “naciones independientes” dentro de Sudáfrica para hacer una política más efectiva de segregación racial.

Los llamados bantustantes independientes empezaron a aparecer en los libros de Geografía de todo el mundo, pero no eran reconocidos por ningún organismo internacional ni por ningún gobierno que no fuera el mismo sudafricano.

La segregación entre negros y blancos en Estados Unidos, entre blancos y judíos en Europa, árabes y judíos en Medio Oriente, indígenas y colonos en América Latina… Todas han sido formas de discriminación racial que han hecho gran daño a la humanidad y han levantado no pocas voces de protestas en diferentes lugares y momentos.

Estados Unidos considera ofensivo hablar de personas de la raza negra, ahora se debe decir ‘afroamericano’ y criticó a México por publicar una serie de estampillas dedicada a la caricatura de Memín Pinguín por considerarla ofensiva para los ‘afroamericanos’.

Movimientos de resistencia e inclusive campañas completas como la célebre “Black is beautiful” que en la década de 1980 promovieron artistas norteamericanos como Michael Jackson, han sido una respuesta a estas políticas e ideas xenofóbicas.

Actualmente, la administración de Donald Trump implementa detenciones y deportaciones de inmigrantes basadas en su perfil racial, lo cual vuelve a poner sobre el tapete el tema de la discriminación racial.

Parece mentira que en pleno Siglo XXI, el mayor juez del planeta, el país que siempre se ha mostrado al mundo como una tierra de oportunidades y que durante siglos ha sido edificado paso a paso por los inmigrantes, hoy pretenda penalizar a los “indocumentados’…  Solo falta que en lugar de cárceles, los acusados del delito de indocumentados sean enviados a campos de concentración

Y ante esto, surge una pregunta: ¿por qué se ha alzado y se sigue alzando la voz para cuestionar políticas xenofóbicas en Alemania, España, Israel y otros países, pero hacerlo en Estados Unidos es lo más natural, normal y legal del mundo?

Fomentar la xenofobia es una actitud que solo ha causado dolor a la humanidad. Los millones de judíos, los miles de sudafricanos y los varios miles de latinos que han muerto tratando de cruzar la frontera hacia Estados Unidos, deberían de seguir encendiendo los focos rojos ante esta problemática.

Políticas de este tipo promueven actitudes como las de los agentes de la Patrulla Fronteriza que se sienten en todo el derecho de asesinar a adolescentes mexicanos en suelo mexicano, simplemente porque suponen que pretenden cruzar como indocumentados o, para decirlo más claro, porque pertenecen a una “raza inferior” que solo va a delinquir a Estados Unidos, como lo asegura su presidente.

Continuar con actitudes xenofóbicas es desconocer la lucha por la igualdad que durante años adelantado líderes como Nelson Mandela o el mismo Martin Luther King. Es desconocer los Derechos Humanos y, para quienes creen en un Ser Superior, es ignorar aquello de que “todos somos iguales ante los ojos de Dios”.

Nadie aprende en cabeza ajena, dice un popular refrán, pero la historia es tan elocuente que no es razonable ignorarla y seguir repitiendo los mismos errores una y otra vez. La xenofobia debería de ser un arcaísmo en nuestra lengua y un triste recuerdo de un pasado del cual toda la humanidad debe sentirse avergonzada.