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La Fe está en la Resurrección del Señor

Antonio Fernández.- ¿Crees que tu Fe está en la resurrección de Cristo Nuestro Señor? ¿Callas, dudas, desconoces o crees firmemente? Obliga al cristiano católico ir al examen de conciencia, para ello es necesario concentrarse y abstraerse a revivir las palabras, obras y pensamientos sobre las obligaciones hacia nuestro Creador, alejados de las cosas del mundo, ir al fondo del corazón y preguntarse: ¿Poseo la verdadera Fe?

La respuesta tiene dos alternativas: ¡Sí la tengo y la quiero conservar! o ¡No la tengo, además no me interesa! La persona toma a voluntad su definición, sea para bien o para mal, ya que en la práctica de la virtud no existen términos medios.

La disyuntiva es: Sí, sí o no, la duda existe en el timorato y escurridizo, incrédulo y cicatero, a éstos les gusta permanecer en la parte media del bimbalete, indiferentes ven subir al que persevera y bajar al pecador, en sus adentros dicen: Yo voy a donde me conviene; no me conviene, me quedo donde estoy.

Ahora bien, los primeros, al conservar la Fe ganan la virtud de la esperanza y luchan por mantenerse en la virtud de la caridad, estos son pocos; los que no la tienen y la han perdido es porque no existe en ellos interés por obtenerla, éstos son una inmensa mayoría.

Lo que no se comprende en ellos, es la razón que los llevó al grado que no se les permite descubrir el error que viven; que quede claro, Dios no obra así, es el diablo el que lo impide.

Atrae las facultades del alma, urde en las flaquezas y debilidades, seduce a las tentaciones del mundo, debiera valorarse a sí mismo que todo mal paso en la vida, es estar en la antesala de perder la gloria o ganar el infierno, uno y otro son eternos, la indiferencia es tiniebla en la memoria, entendimiento y voluntad que impide al pecador mirar su situación con desaire y desprecio.

La humanidad vive en un dilema que le resulta molesto: aceptar que la verdadera fe es creer en Cristo Nuestro Señor; creer que vino al mundo en el pesebre de Belén; creer que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre; creer que padeció y murió para redimir la humanidad del pecado, y creer que resucitó después de su muerte al tercer día como Él lo profetizó. Todo esto es necesario creerlo para la salvación del alma.

Jesús legisla: “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en Mí, aunque muera, vivirá”… De donde la pregunta que hizo a Pedro, y no deja de hacerla el Señor a cada ser humano todos los días de múltiples formas.

Veamos la fe en Pedro y preguntémonos: ¿Así es la mía?… “Pregunta Jesús; ¿Quién soy yo? (dijo Jesús). Respondió Simón Pedro y dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Entonces Jesús le dijo: Bienaventurado eres Simón Pedro, porque carne y sangre no te lo reveló, sino mi padre celestial”. Con ello ilustra Jesús a sus discípulos y a la posteridad de los siglos, que los bienes de salvación están y estarán en Dios.

La fe es el bien por excelencia venido de Dios Padre, en el cristiano católico, está cultivarla para que fructifique en él, la obra de salvación prometida por Cristo, al que dio atención a la semilla de la fe y deja como única depositaria a nuestra Santa Madre Iglesia Católica, con la responsabilidad de predicar su Evangelio.

Celebra el Señor con gozo las almas que por convicción meditan y se adentran más y más en la obra de Dios su Padre, comprenden su enseñanza y corresponden a la obra divina, poniendo en el punto central de la existencia del cristiano católico, la palabra, obra y pensamiento que profesa al Señor.

Inspirado por Él, eleva en su interior la fe en Cristo, por eso, la recomendación de detenerse a examinar nuestra conducta, tomar la previsión en apartarse de aquello que aleja del amar y servir a Dios, como al prójimo, cumplir en obra lo que el mandamiento de Jesús pide.

Pero la tentación diabólica no descansa, persiste y vuelve a embestir al pecador, podrá superarlo el cristiano católico por su fe, permaneciendo en alerta constante a no perderla, similar al que cuida la fogata y que para conservarla encendida está vigilante y no deja de echar leña, evita que se apague, porque puede por el frío congelarse.

Así es el esfuerzo del cristiano católico por alcanzar la vida eterna. Este aumento de fe logrado por las almas que acudieron a Jesús, conociendo la razón de ir a Él a suplicar el alivio de sus males del alma y el cuerpo, o para los suyos, la misericordia del Señor alivio, para ello tuvieron que alcanzar el punto de fe requerido por Jesús para obrar el prodigio suplicado.

Cuando el ángel del Señor da a conocer a María la obra de redención en el misterio de la encarnación, mereció a María el titulo más radiante: el de la Madre de Dios, por él tiene la presencia y participación deseada por Dios Padre en la obra redentora encomendada a su Hijo Jesús.

“Dijo el ángel a María: He aquí que vas a concebir en tu seno y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús”… María asistida por el Espíritu Santo, al instante comprendió el valor benigno, bondadoso y misericordioso del mensaje anunciado del enviado por el Padre, y creyó. 

Peregrinando por el mundo, Nuestro Señor Jesucristo expone su palabra a una multitud abstraída por el portentoso milagro de expulsar al demonio de un alma.

Reza el Evangelio: “Cuando Él hablaba, una mujer levantando la voz de entre la multitud dijo: ¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron! Y Él contestó: ¡Felices más bien los que escucharon la palabra de Dios y la conservan!“…

El elogio espontáneo de esta mujer glorifica a María Madre de Jesús, que las confirma, dando a conocer a los siglos, que el reconocimiento de la grandeza de su madre, viene por su fe en la palabra de Dios que guarda en su corazón.

Ante lo anterior la pregunta: ¿Cuál es el acceso para llegar a la verdadera fe? Responde el Evangelista San Juan: “Todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria de quien ha vencido al mundo: Nuestra fe”… Será vencedor como muchas almas de santidad, el que cree que Jesús es el Hijo de Dios, que llama San Pablo “La Bienaventurada esperanza”…

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