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Anaya vs Peña Nieto: un desencuentro pasional

Cruz Pérez Cuéllar.- El análisis del pragmatismo político al que se sujetan muchos aspirantes a cargos públicos, hoy en día bien puede servirnos para descartar y contemplar las mejores opciones que tenemos los ciudadanos para elegir a los próximos gobernantes. Hay quienes se exceden, generando cualquier posibilidad, cualquier condición que les permita llegar a su objetivo, sin importar los heridos que dejen en el camino, al fin de cuentas el fin, para ellos, justifica los medios.

Son muy notables aquellos que en determinado momento se ponen a favor de tal o cual reforma, de tal o cual programa de gobierno, dependiendo, claro está, de su estatus político, de la conveniencia del momento. Después, sin mirar atrás, sin escrúpulo alguno se contradicen a sí mismos y aquello que antes apoyaban ahora lo condenan, no como un proyecto desviado, una iniciativa malograda que merezca un señalamiento medido, proporcionalmente justo, sino como al peor de los programas, a una infame reforma que nunca debió salir a la luz.

Al cabo piensan que ante una sociedad de memoria de corto alcance, no importa decir una cosa y luego otra, hacer una promesa y después incumplirla o dejarla a medias. Me parece que son personajes demasiado confiados en sus proyectos, que piensan que los errores del pasado nunca los van a alcanzar. Y así, van sembrando su destino, con la convicción de que están haciendo lo correcto, de que al final habrán de borrarse todos sus pecados, como si no hubiese justicia para ellos.

Esta reflexión creo que es pertinente, porque estoy claramente convencido de que por un lado la sociedad a la que nos dirigimos ahora y que en breve habremos de solicitarle su voto, no es la misma de la década pasada, ni la del sexenio anterior, está más informada y por lo tanto mejor preparada para tomar decisiones de tipo electoral y de otros tipos. Y contravengo a quienes creen que olvidan los dichos, los hechos, las promesas de los políticos en el pasado; ahora la sociedad tiene más frescos los datos; las tecnologías y los medios de comunicación siempre vigentes, hacen posible que no olviden y en ello llevan la condena los avezados aspirantes a cargos públicos, que tarde o temprano habrán de tropezarse con sus propias palabras, con sus malas obras, con sus planes equivocados.

Por otra parte, esta sociedad es cada vez más reactiva, no se le convence fácilmente, no es sencillo engañarla, por eso la mejor manera de conquistar su ánimo será a través de un historial limpio, de una credencial que resplandezca por su trabajo y capacidad para resolver problemas. La honestidad sobretodo, que convencerá a los ciudadanos naturalmente, quien fuerce y trate de disimularlo, puede caer en la trampa y ser evidenciado a través de las redes sociales, por su pasado equívoco.

La contienda por la Presidencia de la República me parece que es el laboratorio perfecto para ir desmenuzando este asunto. Y quiero centrar el tema en el desempeño del candidato de la alianza “Por México al Frente”, Ricardo Anaya Cortés, quien ahora trata de asumirse como el principal detractor, la oposición viviente del régimen de Enrique Peña Nieto.

Siguiendo la explicación inicial, de que la postura del político demasiado pragmático es la que en el momento a él le conviene y no la que el pueblo necesita, Anaya, personifica a este tipo de político caprichoso, que al inicio de esta administración federal se vio beneficiado por el denominado “Pacto por México” y la alianza formal que éste representaba, junto con el entonces presidente del CEN panista, Gustavo Madero, quien también cedió al canto de las sirenas oficialistas.

Ambos apoyaron los postulados de dicho pacto, reconocieron “los beneficios” de la reforma educativa y con énfasis en la fiscal, no cabían del gusto por la consideración del presidente Enrique Peña Nieto, quien los puso justamente donde él quería, y estos se dejaron querer, ahí están los registros periodísticos llenos de salutaciones, de agradecimientos vanos, de declaraciones cargadas de subordinación. Unos años después trataron de marcar distancia, pero ya era imposible, fue tanto el firteo que muchos dieron por consumado el idilio.  

Después de la puja por la dirigencia nacional del PAN, donde el chihuahuense Gustavo Madero cedió el trono a Ricardo Anaya Cortés y se enfrentaron abiertamente contra el senador Javier Corral (por cierto, en un nuevo revire local lleno de contradicciones, todos olvidaron los insultos inferidos en esa campaña interna que dejó fuera al tribuno quien los acusó de todo; ahora Madero es jefe del gabinete de Javier Corral y éste promotor incansable de Anaya en su propósito presidencial), las condiciones seguían igual, la luna de miel se prolongaba, nunca hubo una postura firme en contra de los excesos de la administración federal, de las corruptelas ventiladas y comprobadas, la oposición panista se centraba en asuntos menores que eran bombardeados con boletines que brotaban al por mayor, pero inocuos en su efecto.  

Todavía a finales del 2016, en un intento de Anaya por reconciliarse con su padrino político tras graves desencuentros, prodigó en una entrevista con medios nacionales grandes deferencias al chihuahuense, en un contexto que los hermanaba: “Actuó con enorme audacia, valentía y patriotismo, y apoyó las reformas que eran necesarias para el país y que el PRI había bloqueado durante años. El tiempo le dio la razón a Gustavo Madero. Hicimos lo correcto y además crecimos electoralmente, como quedó claro en las elecciones de este año”, afirmó Anaya Cortés.

En su momento, como diputado federal, Ricardo Anaya había alabado el “Pacto por México” por el seguro de vida para jefas de familia, seguro de desempleo, educación con calidad y equidad y la consolidación de sistema de evaluación a docentes. Así como los gobiernos de coalición, el probable cambio de fecha de la toma de protesta presidencial, las reformas relativas al Distrito Federal, reelección de legisladores y un nuevo apartado para los medios de comunicación. El Pacto por México constituye un paso muy importante para la vida política del país, según consideró entonces Anaya, y quedó consignado en muchos medios de comunicación.

Pero ahora que se sabe perseguido político, por su interés en la Presidencia de la República, ahora que se ha vuelto contra él el sistema que tanto defendió, ahora que desconoce si la PGR lo tiene como indiciado, procesado o simplemente como sujeto a una investigación. Ahora su discurso ha cambiado, como ha sucedido anteriormente, y ahora dice que siempre ha sido el opositor implacable del peñanietismo, pero la historia dice lo contrario, no lo es, por lo menos en el último sexenio han sido muy cercanos, amigos podría decirse, lo que pasa últimamente es que los intereses han cambiado y por ello los discursos también. Él fue el principal impulsor de la reforma energética, era una de sus grandes aportaciones al desarrollo del país, ahora reniega de ella, como de la amistad con el presidente. Ahora dice que meterá a la cárcel a Peña Nieto, un servidor lo duda como miles de mexicanos también. El día de mañana quizá lo acompañe en el encierro, los señalamientos hacia él tienen peso y sustento, solamente hay que darle tiempo al tiempo y valor a las palabras del hombre que en su haber hay dignidad y congruencia.

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