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Los malos gobiernos

Carlos Angulo Parra.- Los mexicanos constantemente nos quejamos de que tenemos muy malos gobiernos, no importa de qué partido político provengan ni si derivan de un candidato sin partido. Normalmente se atribuyen estos malos gobiernos a la corrupción, y razón no falta para ello. Pero pocas veces se analiza el problema ante la perspectiva sistémica.

Me explico, mi hipótesis es que gran parte de los malos gobiernos y mucha de la corrupción que deriva de ellos se debe a como está estructurado nuestro sistema político, empezando por la configuración de los partidos, respecto a como se eligen a los candidatos, a los incentivos que existen para el actuar de los políticos para permanecer en el poder.

Como en toda actividad humana, existen vocaciones para realizar las diversas funciones que debemos o queremos desempeñar en nuestras vidas. Unas personas prefieren actividades técnicas como los ingenieros, otras prefieren actividades de humanidades, como profesores de escuela, sociólogos, abogados, otros desean llevar a cabo actividades artísticas; muchos, actividades médicas.

Pero el político en México rara vez es un verdadero profesional en el tema, independientemente de su preparación académica.

La política en México es una actividad de oportunidad más que de vocación, porque así se ha desarrollado esta actividad que ha sido impulsada por el sistema.

Pensemos que el sistema político mexicano principalmente deriva de una cruenta y sangrienta guerra civil en la que pelearon caóticamente muchas facciones, más por el apoderamiento del poder para sacar provecho personal, que por los grandes ideales que nos han pregonado en las escuelas, respecto de la “gloriosa Revolución Mexicana” (se entrecomilla por mofa).

Por ello, se diseñó un sistema hecho más para repartir el poder, que para generar bien común. En efecto, de una manera u otra, algunos de nuestros presidentes caudillos formaron instituciones loables para su época, como el ahora obsoleto e ineficiente Seguro Social, pero nunca desarrollaron una vida democrática institucionalizada, ni un servicio civil de carrera.

El presidente Fox quiso formar este servicio civil, para que luego el presidente Calderón lo quisiera desarmar, quedando sin nada con Peña Nieto.

Ahora bien, pasamos de un partido hegemónico único a un sistema de competencia entre partidos, pero la izquierda competitiva derivó del partido hegemónico sin un ápice de cultura democrática heredada del primero.

En el Partido Acción Nacional, que es al que su servidor pertenece, que había tenido una romántica tradición democrática, una vez que accedió a posiciones de poder, le sucedió una terrible contaminación autoritaria derivada del sistema político.

Se ganó el gobierno, pero se perdió el partido, según lo dijeron en el PAN. Ahora la norma en los procesos del PAN para seleccionar candidatos es la llamada “designación”. Le quieren decir “dedazo”, emulando al sistema del PRI en donde un solo hombre decide las candidaturas siguiendo extraños procesos de auscultación que no tienen necesariamente orden ni lógica.

Pero esta designación no es igual que el dedazo, porque los que designan son consejos de cuando menos treinta personas que tienen que elegir muchas veces por mayoría calificada de 2/3.

Estas designaciones luego tienen que ser ratificadas por la Comisión Permanente del Consejo Nacional.

En estos consejos hay estires y aflojes, entrevistas, encuestas, todo de tipo formal. Pero, cómo se han de imaginar, hay grandes influencias de los hombres y mujeres que detentan el poder en los gobiernos.

Por estas razones, vemos que muchísimas veces no llegan finalmente al poder las mejores personas, sino los que se supieron acomodar a los designios de los poderosos, con menos consideración para los mejores perfiles y propuestas.

El resultado es obvio: tenemos malos gobiernos y la corrupción está incontrolable.

Debemos corregir este sistema perverso, para ello, el primer paso que tenemos que dar es abrir a los ciudadanos la selección de los candidatos en el partido de su preferencia. Haciendo esto, damos la oportunidad de airear a los partidos del hedor que provoca el hacinamiento de sus dirigentes que juegan a la rueda de la fortuna.

Si le damos este poder al ciudadano, con las salvaguardas correspondientes para que no haya interferencia de otros partidos en querer impulsar a candidatos para sus conveniencias, tendremos un sistema que genere círculos virtuosos. Ello aumentará la participación de nuevos ciudadanos mejor preparados y con ánimo de contribuir, ya que ahora existen muchas personas que se decepcionan de participar en política por sentirse excluidas de los grupos de poder, que con nuestro sistema actual, fácilmente dominan a los partidos.

Si hace falta una reforma estructural de índole política en nuestro país es precisamente esta, impulsémosla los ciudadanos, así como se promovió el Sistema Nacional Anticorrupción. Con las candidaturas independientes ya sabemos que no es suficiente, sino que hace falta el involucramiento total de los ciudadanos en la decisión de las candidaturas de los partidos.