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Mi hijo drogadicto

Alejandro Cortés González-Báez.- Platicando con un amigo al que le robaron de su carro el maletín con chequeras, dinero, documentos personales y del trabajo, me contó que todo sucedió frente a la puerta de un centro comercial a plena luz del día, y que él solo se tardó quince minutos en sus compras.

¡Qué claro está que en quince minutos podemos meternos en un problema del tamaño del mundo! Al igual que un ladrón puede desvalijar a un ciudadano normal, también a un pequeño le pueden robar la inocencia en quince minutos en una visita a los vecinos.

No resulta infrecuente escuchar que los papás se quejen afirmando: “Pero si en nuestra casa nunca ha visto malos ejemplos”.

¿Bastará con inscribir a los hijos en un buen colegio, cuando en él convivirán con hijos de matrimonios en crisis o de tantas circunstancias personales y familiares tóxicas?

Seamos realistas y aceptemos que no podemos ponerle puertas al campo. En nuestro mundo hay bueno y malo. La televisión y la red de Internet tienen desde la cultura más pulcra y la espiritualidad más sublime, hasta lo más depravado… ¡y con solo apretar un botón!

Qué lejos están los padres de un recién nacido de plantearse que aquel pequeño pueda llegar a convertirse en un drogadicto. Hablar del mundo de las drogas es referirnos a un monstruo de siete cabezas.

Partiendo de la base de que la población mayoritaria de los consumidores de drogas se encuentra entre los 14 y los 35 años, nos convendrá recordar que uno de los rasgos típicos de los jóvenes, es la necesidad de tener experiencias distintas.

Esta búsqueda pretende encontrar la solución a la problemática típica de esas edades y de esta manera van probando un poco de todo. La droga puede aparecer, pues, como una opción para remediar los miedos, ansiedades y ausencias.

En la vida del adolescente suelen presentarse ciertas frustraciones cuando su idealismo se enfrenta con una realidad estructurada y para lo cual no les pidieron su opinión, es decir, los adultos procuramos meter a los jóvenes en un sistema poco flexible, y lleno de responsabilidades.

Si a esto le agregamos la falta de acompañamiento por parte de sus padres, de inestabilidad familiar y hasta de violencia, tenemos todos los ingredientes para conseguir una personalidad frágil.

Aquí también es válida la máxima de que es mejor prevenir que remediar. La tarea habrá de dirigirse, por lo tanto, a crear personas maduras que puedan ir administrando una libertad gradual, donde se les reconozcan sus méritos personales en el ámbito familiar y proponiendo unos valores objetivos, adecuados a la propia naturaleza humana, que sean superiores, por lo mismo, a las normas sociales de moda.

No perdamos de vista que cada adolescente es absolutamente irrepetible, y que entre ellos algunos tienen un umbral bajo de frustración, de forma que muchos problemas de poca monta los rebasan para tomar buenas decisiones.

Urge, por lo tanto, poner más atención a los hijos y “pensar sin recetarios” y escuchando su opinión, cómo se les deberá educar, todo ello orientado a formar personas recias, objetivas, centradas y con actitud positiva.

www.padrealejandro.com

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