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A Ñapanga…

German Gez.- Soy un convencido de que la guerrilla es el peor flagelo que le puede suceder a cualquier pueblo, a cualquier nación. Ejemplos tenemos por montones, en nuestros países latinoamericanos y en otros tantos de África y Asia, principalmente. Nicaragua, Guatemala, El Salvador, Afganistán, Somalia y muchas otras naciones la han sufrido y vivido en carne propia, pero creo que ningún país la ha padecido tanto como la tierra de Colón: Colombia.

También sé, me consta, que no importa que una persona sea simpatizante de la guerrilla, que la vea como una opción de cambio, como una alternativa de gobierno, porque a la hora de la verdad, sus jefes y militantes no lo tomarán en consideración cuando se trata de asesinar sin piedad e indiscriminadamente.

HOY me remonto a febrero de 1986, hace más de 30 años, cuando inicié los estudios en la carrera de Comunicación Social en la Universidad del Valle, en Cali (Colombia). Con apenas 19 años, había toda una vida por delante y la gran mayoría de los 50 que iniciamos la carrera en aquella oportunidad, teníamos ideales, sueños por realizar y una familia que nos respaldaba para hacer realidad esos sueños.

Desde Pasto, al sur del país, llegaba uno de los pocos residentes de fuera que empezó la carrera. Teníamos la misma edad, pero diferentes visiones de la vida. Nos conocimos e hicimos amigos casi desde el primer día. Juan Carlos Narváez Reyes era su nombre, pero pronto comenzamos a conocerlo con un seudónimo que utilizaba cada vez que escribía o dibujaba, cosas que hacía bastante bien. Su nombre de batalla, por así decirlo, era “Ñapanga”.

“Es la forma como se conoce a las campesinas nariñenses”, nos decía cuando le preguntábamos el porqué de ese seudónimo. Era buen hijo y amaba a su familia más que a cualquier otra cosa en la vida, pero defendía a la guerrilla a capa y espada, aseguraba que era la mejor opción de cambio para un país enfrascado en un conflicto que, para entonces, llevaba ya más de 30 años y que a la fecha aún no termina.

Carlos Pizarro Leongómez, el líder guerrillero del M-19, fue su ídolo. Sí, el mismo Carlos Pizarro que murió asesinado el 26 de abril de 1990 cuando era candidato a la Presidencia de la República por el partido Alianza Democrática M-19, el cual surgió tras la reinserción de  ese grupo guerrillero en 1990.

Defendiendo su derecho a que la Univalle ofreciera el servicio de residencia universitaria a todos aquellos estudiantes procedentes de otras ciudades del país, participó en la toma de un edificio de la Ciudad Universitaria en el sur de Cali. Varios de mis compañeros le apoyaban, debo confesar que yo nunca lo hice porque no estaba de acuerdo con esa forma de pedir ni de forzar las cosas.

Durante un mes, el Edificio 383 de la Ciudad Universitaria estuvo en manos de un grupo de estudiantes, todos simpatizantes con la guerrilla, que pedían la reapertura de las residencias universitarias. Estuvimos a punto de perder el semestre, pero no fue así y pudimos concluir la carrera sin inconvenientes, aunque Ñapanga no lo hizo. Decidió cambiar por Filosofía y Letras.

Desde esa “toma”, perdimos todo contacto. El joven idealista y soñador tomó otro rumbo. Años después, en los 90, nos saludamos en el periódico El País, donde era entrevistado por el redactor de Política ya que se había incorporado como una de las jóvenes figuras del partido político llamado Nuevo Liberalismo.

Años después, como integrante del Partido Conservador, llegó a ser elegido diputado del Valle del Cauca. Creo que era un sueño y veía en la política una opción para sus ideales de cambio y de lucha, desde las instancias de gobierno para lograr un mejor país. Sin embargo, el sueño no duró mucho.

El 11 de abril de 2002, junto con once diputados más del Valle del Cauca, Juan Carlos Narváez Reyes fue secuestrado por guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La guerrilla buscaba secuestrar a funcionarios de gobierno como una estrategia con la cual presionaría al gobierno nacional a lograr un Acuerdo Humanitario e intercambiar a militares, civiles y políticos secuestrados por guerrilleros presos.

Ese trágico día, a las 10:45 am, el comando guerrillero entró al Edificio San Luis, sede de la Asamblea Departamental del Valle del Cauca, gritando que había amenaza de bomba. El comando tomó a los 12 diputados y los condujo fuera del edificio, mientras neutralizaban a los policías que prestaban servicios en el área. Uno de los policías se percató de la falsedad del operativo, pero fue acuchillado en el lugar.

Una vez en la carretera hacia las afueras de Cali, los guerrilleros les anunciaron a los diputados que habían sido secuestrados y los doce fueron llevados a las montañas de Colombia, donde permanecieron durante varios años.

Desde su cautiverio, mandó un mensaje que se quedará para la posteridad: “Vallecaucanos, colombianos, es hora de la solidaridad. No nos acostumbremos al secuestro, no nos acostumbremos a la guerra, a la violencia, es hora de la solidaridad. No es hora del oportunismo, no es hora de la calumnia, no es hora de la indiferencia, no es hora de la complicidad. Es hora de la solidaridad. Ni la humillación ni las cadenas ni el maltrato, han sembrado en mí rencor y venganza. Soy de la casta de líderes honestos, valientes y dignos, que construirán una patria en paz”. (http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-7774301)

Cinco años después, el 28 de junio de 2007, las FARC anunciaron que once de los doce diputados habían muerto al presentarse un enfrentamiento con un grupo no identificado que atacó el campamento donde los retenían. El gobierno colombiano aclaró que no habían realizado ningún operativo militar de rescate y acusó a las FARC de haber ejecutado a los once diputados.

Como si no fuera suficiente la tragedia de la muerte, los cuerpos no fueron entregados. Los sepultaron en la selva y fue hasta el 9 de septiembre de 2007 que la Cruz Roja Internacional los rescató y los trasladó a Cali para entregarlos a sus familias.

Sigifredo López, el único sobreviviente, fue liberado el 5 de febrero del 2009. Sus once compañeros de cautiverio no tuvieron la misma suerte. Fallecieron Rufino Varela, Carlos Barragán, Jairo Javier Hoyos Salcedo, Alberto Quintero Herrera, Edison Pérez, Nacianceno Orozco, Carlos Charry, Francisco Giraldo, Ramiro Echeverry, Héctor Arismendi y Juan Carlos Narváez Reyes “Ñapanga”.

Acciones como estas me dieron pie para rechazar aún más a la guerrilla. Todavía hoy me pregunto si en algún momento sus secuestradores se enteraron de que “Ñapanga” era uno de sus más grandes admiradores y defensores. Creo que no, de haber sido así, tal vez no lo hubieran asesinado.

Historias como esta, que me tocó de cerca, existen cientos, miles en cada municipio de Colombia. Y aunque aún hoy, después de la firma del Acuerdo de Paz con la guerrilla de las FARC, se siguen escuchando voces de protesta, incluyendo la del expresidente Álvaro Uribe, estoy seguro que era el camino a seguir.

Aunque digan que sus crímenes se quedarán impunes y que se debió pensar en los miles de víctimas que dejó el conflicto armado más largo que se ha vivido en América, es mejor hacer borrón y cuenta nueva en vez de seguir viendo caer a tantos colombianos en las garras de un grupo y una guerra que ha desangrado a ese país sudamericano.

Para el 2018 las FARC serán un partido político y tienen garantizados escaños en el Congreso de Colombia gracias al Acuerdo firmado. Ante esto, se ha iniciado toda una campaña en redes sociales “alertando” de los “riesgos” que este Acuerdo encierra para el futuro del país. Sin embargo, una golondrina no hace verano; basta y sobra con no votar por aquel partido para que el riesgo sea mínimo. La última palabra la tienen los electores, no las FARC.