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Tranquilícense, no teman… es Dios

Mario Manríquez.- Les saludo y comparto las palabras de nuestro Obispo en este domingo décimo noveno del tiempo ordinario. Hoy nos habla de la Palabra de Dios, es muy rica, es una enseñanza muy importante que hay que aplicar. Los invito a aplicarla a nuestra vida personal y diocesana:

Dice el evangelio de San Mateo que inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo subir a los discípulos a la barca, mientras él dijo: quiero descansar, quiero estar un poco a solas para orar. Esta primera enseñanza es importante. Jesús lleva una vida pastoral digámoslo así, muy intensa, largas jornadas, donde habla a la gente, donde hace milagros, convive con sus discípulos, pero también este trozo nos enseña, en primer lugar, que ora. Jesús sube al monte a solas a orar.

Es importante que nosotros, en medio de tanta actividad, de tanto ir y venir, trabajo, escuela, todos andamos corriendo de un lugar a otro, de una parroquia a otra, reuniones aquí y luego al Obispado, pero siempre es importante estar a solas con Dios para orar. Primera enseñanza que hoy nos da la Palabra de Dios: busquemos momentos de silencio, momentos tranquilos, hagamos ese espacio de intimidad, de estar solos tú con Dios para orar, para hacer oración.

Después dice el texto que la barca ya iba lejos de la costa y las olas la sacudían. La barca representa la Iglesia. La humanidad vamos en la barca y hay vientos fuertes, que azotan la barca, que azotan contra la Iglesia.

A nivel personal hay vientos que nos quieren tumbar, hundir por el trabajo, la enfermedad, también situaciones del demonio que ahí están, que nos perturban, en fin, así interpreto este pedazo del evangelio. La barca que va dentro en el mar, pero que se enfrenta a unos vientos difíciles que la golpean, es entonces cuando Jesús aparece. Un Jesús que siempre está, un Jesús que estuvo el día anterior con ellos predicando y haciendo milagros y ahora está ahí también en circunstancias difíciles. Jesús aparece caminando sobre las aguas con todo su poder, es un Jesús que es Dios, que es el Hijo de Dios, que tiene el poder, aparte de hacer milagros, de curar a muchos enfermos, de perdonar, también se manifiesta su poder caminando sobre el agua.

Los discípulos, dice, daban gritos de terror: ¿Quién es? ¿Quién camina sobre las aguas? Hasta llegaron a decir o pensar: “es un fantasma” y Jesús los tranquiliza con esa palabra fuerte que hoy resonó en ellos y que debe de resonar en cada uno de nuestros y nuestros corazones: “tranquilícense, no teman, soy yo”.

Tres afirmaciones o tres aspectos muy importantes: primero nos tranquiliza. ¿Quién más que Jesús nos puede tranquilizar en la vida ante las dificultades de la vida, ante los vientos huracanados? La verdadera tranquilidad, serenidad, paz, solamente la de Jesús. Hoy también Jesús, con mucho amor nos dice “tranquilízate”.

Andamos inquietos andamos preocupados a veces que no sabemos qué hacer ante circunstancias. Pero me dice hoy el Señor “tranquilo, no pierdas la paz, tranquilízate”, tranquilícense, nos dice a todos.

La otra invitación es “no temas”. Cuando no hay fe, cuando hay desesperanza, cuando andamos mal en la fe nos causa mucho temor y Jesús nos da confianza, nos llama por nuestro nombre, se dirige a ti y a mí con “no temas, aquí estoy, soy yo”.

Fuerte palabra, “soy yo”, ¡despierten!, soy yo.

Hoy Jesús en medio de la vida, en medio de nuestro caminar como Iglesia, como familia, en lo personal, Jesús está. Jesús está en la Iglesia, en el mundo, en la humanidad, con nosotros. Nos tranquiliza, nos da confianza y nos invita a caminar con Él en el mar como a Pedro, siempre arrebatado. Pero Jesús nos invita a confiar en Él, tomarlo de las manos y todo lo que trae consigo la vida, ir con Jesús, aceptar la invitación. Señor, voy contigo y Tú vas conmigo, Tú me das la mano, te la acepto.

Es la invitación que Jesús nos hace en este domingo: tomarle la mano a Jesús para no hundirnos. Podemos ser capaces muy valientes, muy inteligentes, muy hábiles, con muchos medios, pero el que nos sostiene es Jesús. El que nos tiende la mano y nos rescata y nos auxilia, da sentido a nuestra vida, nos fortalece y tranquiliza, es Jesús.

Pero eso requiere fe. Por eso Pedro, a los discípulos y a nosotros sí nos da un regañito. Le dice a Pedro “hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” Tal vez deba apropiarme esas palabras de Jesús.

A veces no confiamos al cien, no ponemos nuestra confianza en Él, andamos poniendo nuestra confianza en cosas superfluas y no en Jesús. Pongamos nuestra confianza en Jesús. Perdonen la expresión, pero decimos: “me hundo en un vaso de agua”, nos andamos hundiendo en un vaso de agua, hacemos una tormenta, claro, somos débiles, pero es por falta de fe, por no tener nuestra plena confianza en el Señor.

Confiemos en Él que nos tranquiliza. Le tomó de la mano, lo subieron a la barca, calmó el viento y todo se tranquilizó. Y luego viene después, ante esa expresión de un Cristo que fortalece y tranquiliza, la expresión de los discípulos, que es una expresión de la Iglesia y debe ser una confesión de fe de todos nosotros, que hoy los invito a repetir y a vivir: “Verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios”.

¡Qué hermoso termina el Evangelio!, con una confesión de fe de la Iglesia de Pedro, en los discípulos, en el obispo, en el sacerdote, consagrados, seminaristas, matrimonios en la familia y niños, todos.

De veras en el encuentro con Jesús en la Eucaristía de hoy, en la oración exclamamos con sinceridad “Verdaderamente Jesús, Tú eres el Hijo de Dios” para eso se necesita calma, tranquilidad.

Por eso en la primera lectura del Libro de Reyes, el profeta Elías entra en la cueva y permanece ahí y Dios se le manifiesta, pero ¿dónde encuentra el profeta a Dios?… Dice: “se produjo una suave brisa y al oírlo Elías se cubrió el rostro con el manto y sintió la presencia del Señor”. En la suave brisa.

Queridos hermanos, hay que estar tranquilos, serenos. Es en la suave brisa, en la paz, en la oración, ante el Santísimo, es ante las cosas de la vida que el Señor nos permite gozar y disfrutar. ¿dónde vamos a encontrar a Dios?… En tu hermano, en tu familia, en la paz del hogar, en la armonía de la parroquia, en la sociedad unida. Ahí es donde debemos encontrar a Dios, es donde debemos hacer presente a Dios en nuestra vida.

Que Dios los bendiga, los fortalezca, que confesemos nuestra fe en Jesús. Pidámosle que la aumente y exclamemos como una petición llena de fe lo que hemos dicho en el salmo responsorial: “Muéstranos Señor tu misericordia”.

Que Dios los bendiga, que sientan el amor de Dios en sus vidas, que lo anuncien y lo proclamen. Les bendigo. Un abrazo y buen domingo y buena semana para todos. Disfrutemos también en la semana la fiesta de la Asunción de María.

¡Dios Bendijo a Ciudad Juárez!

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