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Cristo previene en tiempo y a tiempo

Antonio Fernández.- Desde el nacimiento cada alma es poseedora de infinidad de bienes que se guardan en su ser, y conforme avanza en la vida, surgen y cumplen su misión, el Señor lo dispuso como medios de salvación, quiere que todas las almas se salven y las provee de ellos.

El problema está en que la humanidad de hoy actúa de la misma forma que Israel obró contra la divinidad de Jesús en su paso por el mundo, no reconoció su palabra de misericordia, responde ahora como ayer: ¿Qué percibe de su vocación divina? Nada.

Catequiza San Buenaventura: “Dios es amor por esencia y como causa: por esencia, porque es amor en sí mismo, y como causa, porque suscita en nosotros el amor”. El Señor no cesa de estar presente en la vida de todas las almas, son cosas sencillas, para Él no hay preferencia, sino solo el amor por salvar a las almas, a pesar de que el pecador en sus obras no lo entienda y continúe en sus estafas.

El amor de Jesús vuelve una y otra vez, si el pecador se detuviera a reflexionar, comprendería que el Señor pone a prueba, es su derecho, puede ser una encrucijada sin salida, como un edificio ante un temblor: sube y baja, o va de un lado a otro hasta que se desmorona, sin poder salir.

Así el Señor sufre desde antes, porque ha visto en espíritu el dolor que causará ese temblor, esperando que con ello vuelva el corazón del pecador al corazón a Jesús, suplique ser perdonado.

Jesús después de ser aclamado Mesías y Rey de Jerusalén, salió de la ciudad con sus discípulos, llegan a una parte donde se ve la extensión de Jerusalén y el esplendor del Templo. Dice el evangelista: “Y cuando estuvo cerca, viendo la ciudad, lloró sobre ella”.

Habla San Gregorio: “Lloró Jesús la ruina de la pérfida ciudad, porque la misma no quiso reconocer su futura ruina”. ¿Cuántos recuerdos vendrían a la mente de nuestro Salvador? Aparece ante Él la visión futura de la ciudad, arrebatado por el sentimiento que causa en Él un llanto, cuyo dolor inunda sus divinos ojos de lágrimas, el Hijo de Dios gime, conmueve con compasión porque no hay posibilidad de revertir lo que sucederá.

Debemos entender los pecadores que obran contra la justicia de Dios, nada va a detener la desgracia que vendrá en Él: “Y dijo: ¡Ah, si en este día conocieras también tú lo que sería para la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos”.

Su voz entrecortada expresa su lamento. Dios concede promesas, pero la soberbia y protervia del pueblo de Israel rechazó a Jesús Hijo de Dios vivo y prefirió su ruina a la salvación.

La ceguera y ofuscación que a voluntad desplegaron contra la divinidad de Jesús, su enseñanza y prodigiosos milagros, cuando irónicos en su agonía la plebe de Jerusalén grita: “Si eres el hijo de Dios, ¡baja de esa cruz y sálvate!”.

Con burla y escarnio, sin escrúpulos, se ofende a nuestro Redentor, el demonio enciende aún más la ira contra Él. ¿Podría quedar esta afrenta sin castigo? ¡No!

Escrito está: “Mía es la venganza; Yo haré justicia, dice el Señor”. También es entendido cuando Jesús dijo a Felipe: “El que me ha visto, ha visto a mi Padre”.

La afrenta que se hizo a Jesús, es hecha al mismo Dios, por eso sobrevendrá el castigo contra los ofensores, no miremos este hecho como una cosa antigua, esta misma actitud de Israel, lo hace el mundo pecador todos los días, la gravedad de los pecados, perversidades y malignidades, donde el ser humano no se detiene.

Parece una competencia de ver quién ofende más a Dios, el problema es que, si no hay arrepentimiento en el mundo, será el mismo pesar de Jesús cuando vio Jerusalén en una masacre de sangre, de odio y venganza, aversión y repulsa, viendo cumplida su profecía.

La predicción que Jesús dio a conocer a sus discípulos fue un cuadro dantesco. Viendo la ciudad recordaron a Jesús cuando dijo: “Destruid este Templo, y en tres días Yo lo volveré a levantar”.

Abrumados por los lamentos de su Maestro, no hallarían palabra de consuelo para Él, lo que les hacía guardar un silencio póstumo. Jesús expone el cómo se ejecutará lo dispuesto por el Señor, de quien el ejército romano, el más poderoso de su tiempo, será el instrumento de Dios.

“Porque vendrán días sobre ti, y tus enemigos te circunvalarán con un vallado, y te cercarán en derredor y te estrecharán de todas partes”. Roma enemigo del pueblo judío, haciéndose fuerte en sus parapetos, torres y trincheras, encierran la ciudad dentro del muro sin poder salir sus habitantes, dentro de la ciudad los zelotes, conformados por escribas y fariseos, a quien no entrega sus riquezas lo asesinan, así fue la persecución en la ciudad, por la incertidumbre y el miedo no se sabía si era más seguro: dentro o fuera, la única escapatoria la muerte.

Continúa Jesús la dantesca profecía: “Derribarán por tierra a ti, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra”. Dando la palabra al historiador judío Flavio Josefo, refiere que cuando los soldados no teniendo a quién matar, ni a quién robar, porque la ira que estaba en sus ánimos contra los judíos había terminado para ellos, querían regresar a Roma, entonces Tito dispuso que acabasen de destruir la ciudad.

Llegó la orden: arrasar con todo y acabase de destruir el Templo. Esto nos lleva a comprender que si bien Dios es todo misericordia, es también justicia. Bueno es reflexionar nuestra conducta hacia el Señor y recapacitar, ¿cuál fue la razón para mover a un Imperio por parte de Dios?

La razón de esta ruina es haber despreciado el día de la visita del Señor, que fue la vida pública de Jesús, su predicación, y milagros, los profetas, Juan el Bautista y los discípulos del Señor rechazada.

Jesús dijo: “Porque no conociste el tiempo en que has sido visitada”.

La ciudad de Jerusalén fue destruida porque rechazó, negó y despreció, se burló y acusó al Hijo de Dios de estar en contubernio con el demonio, soberbia que los mantuvo en la actitud de no reconocer a Cristo Nuestro Señor como su Mesías, y cuando sintieron que perdían la autoridad del pueblo, lo crucificaron.

Al estar en la ciudad, Jesús va al templo y lo ve convertido en un mercado, vendrían a su mente los recuerdos de cuando fue llevado por María y José, conoció el respeto y amor que profesaban por el templo: “sus padres iban cada año a Jerusalén, por la fiesta de Pascua”; cuando se perdió y sus padres lo encontraron en el templo; a su nacimiento fue presentado en el Templo: “y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos. (Jesús y María) Según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén a fin de presentarlo al Señor”.

Esos recuerdos vividos en la Casa del Señor, era ya motivo de respeto y devoción, pues Dios al visitarlo lo santificó con su presencia y quedó convertido en tributo obligado a conservar el culto del Templo, por eso cuando entró en el Templo y se puso a echar a los vendedores, les dijo: está escrito: “mi casa será una casa de oración, y vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”.

Veamos la misericordia de Dios, cada alma bautizada es templo vivo del Espíritu Santo, cuando es tentada y se aleja por el pecado, obra Jesús como lo hizo al expulsar los mercaderes del Templo, eso hará por nosotros, con la misma ira divina y celo expulsará los demonios que atentan contra nuestra alma.

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