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Una carta sin sobre

Raúl Lerma Alvídrez.- ¡¡Andolsa: Mi cariño siempre ha sido para ti!! No volveré a ver el color del horizonte de Parral igual si tú te vas, y con quién voy a ver el río San Gregorio cuando crezca. Quiero que no nos mudemos de esta tierra que nos dio su primer resuello, de las tardes que nos vimos abajo del cerro de La Muela, ni que olvide la canción del Tordillo Isaac Lara y que por siempre se siga acordando de mí.

Sabe, desde que la vi tan chapeadita y misteriosa, usted me ha gustado pa’ muchas cosas, hasta pa’ vivir, y por eso es que me atrevo a abrir el libro de Henestroza donde le escribe a su esposa unas cosas muy bonitas, cartas de amor, sencillas y profundas llenas de planes y sueños, y tuve que inspirarme en esa manera de hablarle a una mujer como Usted, mi querida Andolsa…

¿Sabe usted? Hace muchos años que ando solo en el camino, solo con la Bendición del de arriba, pero así como tener mascota o novia pos no, pero al verla a Usted, siento muy raro dentro, como si algo me detuviera el corazón y me encogiera el estómago nada más de acordarme del primer beso que me dio allá, justo cuando andábamos por el rancho de Martina Baca Jurado, hija de Tacha, al lado de donde están las vías del tren.

Cuando trabaje y tenga dinero, le voy a comprar una casa en la Centenario, pa’ que vea los carros pasar desde arriba, y tenga un jardín posterior de la casa y sea testigo de la guazanga de las golondrinas de aleteo ágil, en un coro de cánticos celestiales, haciendo nido bajo las vigas de las caballerizas.

Y usted y yo solos escucharemos la lluvia escondidos donde nadie pueda vernos, escucharemos el arroyo de Las Ánimas, bajando la casa de mi Tía Herlinda y Ofelia, que acarrean el agua todas las tardes antes de que se meta el sol…

Sé que eres impaciente, que demandas más de mi presencia pero tú comprendes que la política dentro de las tropas está revuelta y me aleja, por así decirlo, de ti; pero siempre te tengo en mi pensamiento, nunca te he olvidado y nuestro amor va a durar por siempre…

Así terminaba la carta vieja y amarilla que traía el libro de mi tío Atilano Lerma, databa de muchos lustros atrás, cuando Parral era más cerrado y pequeño y fue forjándose el carácter de reacio que hoy ostenta: ¡La Capital del Mundo! ¡¡Ah caray!!, tal vez deba referirse a su riqueza en plata, que hasta los ingleses andan por acá, no se diga los gringos descoloridos…

Cerré el viejo papel y me bajé a la Iglesia del Rayo a rezar un Padre Nuestro por el alma de Asención Moreno Medina y un murmullo de mujeres de negro como cuervos, entonan un mantra extraño en el olor de esa tarde que leí la carta de Don Andrés, ¡¡que a lo mejor fue una carta sin sobre!!