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Un acercamiento de la realidad de nuestra patria desde las necesidades pastorales

Padre Mario Manríquez.- Constatamos en el escenario actual de la Iglesia una acción pastoral algunas veces poco eficaz y débil, en razón de un cierto pragmatismo, cuyos síntomas claros son el cansancio que agobia, la ansiedad, las frustraciones, el aburrimiento el desaliento, la desilusión y el descanso que, en no pocos casos lleva a abandonarlo todo.

Hoy percibimos una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones, un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo; movimientos y grupos religiosos que se olvidan de la dimensión social de la fe, una espiritualidad individualista; una mentalidad relativista en lo ético; en la pastoral persisten lenguajes poco significativos para la cultura actual y con relación a la inseguridad y violencia reconocemos con tristeza que entre los involucrados en el crimen organizado hay mujeres y hombres bautizados, que con sus acciones se alejan de Dios y de la Iglesia; también se han descuidado espacios relacionados con estas situaciones como son la pastoral penitenciaria, la pastoral a menores infractores y en situaciones de riesgo y el acompañamiento a víctimas inocentes.

También constatamos que “La vida comunitaria es la primera víctima de la violencia. La percepción de inseguridad y el miedo llevan a las personas a buscar espacios seguros refugiándose en sus propias casas, aislándose, encerrándose en el individualismo y en la desconfianza, en el enojo, en el resentimiento y en el deseo de venganza. Se establece un círculo vicioso: la violencia acaba con la vida comunitaria y cuando esto sucede, se propicia la violencia. Si se quiere romper este ciclo perverso es necesario fortalecer la vida en comunidad; este servicio lo ofrecen las instituciones sociales, las iglesias y los grupos”. Esto debe animar a las diversas comisiones desde su campo de acción a proponer respuestas adecuadas para generar la verdadera vivencia comunitaria.

Llamados a la edificación de la Iglesia siendo piedras vivas.

La misión de la Iglesia implica una tarea de edificación, ya que en principio toda la misión está orientada a hacer realidad la “Vida plena en Cristo” en los discípulos de Jesús y a través de ellos en nuestros pueblos. Frente a los problemas que pasa nuestra nación consideramos que “no es el momento de polémicas estériles ni de discusiones inútiles; esto nos impedirá mostrar la verdad y la belleza de nuestra misión y generaría más violencia”.

Es el momento de manifestar con mayor claridad el testimonio de la alegría de ser discípulos de Cristo; de compromiso misionero de la alegría de ser discípulos de Cristo; de contemplar desde su mirada la redención del mundo y de asumir el compromiso misionero tal como lo propone el espíritu de Aparecida. El proyecto de Jesús es la instauración del Reino de Dios en el corazón de cada persona, en la sociedad en toda la familia humana en su totalidad.

Un Reino de Dios no se impone por la fuerza ni con la violencia; sino que es una realidad sobrenatural, presente en el corazón y en el testimonio de los discípulos, que critica y desenmascara las falsas paces y las estructuras que hacen imposible la paz. “Esta misión es tarea de todos ya que formamos parte de un mismo cuerpo, debemos por tanto aceptar como dice el apóstol Pedro Él Cristo es la piedra viva, rechazada por Dios; por eso, al acercarse a él, también ustedes, como piedras vivas, participan en la construcción de un templo espiritual y forman un sacerdocio santo, que ofrece sacrificios espirituales, aceptables a Dios por miedo a  Jesucristo”.

El apóstol Pedro llama a Jesucristo “Piedra viva” rechazada por los constructores, pero acogida y apreciada por Dios, en alusión a su pasión, muerte y resurrección. Sobre esta piedra viva se construye el “nuevo templo” que acoge la verdadera y definitiva presencia de Dios.

Los cristianos somos las “piedras vivas” con las que se construye dicho templo, al que el apóstol llama “espiritual” no para indicar una realidad ahistórica, sino para afirmar que, al contrario del templo “material” de Jerusalén, este nuevo templo lo constituyen las personas mismas, reunidas por el bautismo en una familia, es decir, el nuevo pueblo de Dios, el cuerpo místico de Cristo, la Iglesia que debe peregrinar en el mundo sin ser del mundo.

Todos los que conformamos la Iglesia y de manera especial nosotros los obispos de México debemos ser como esas piedras que bien ordenadas van construyendo este templo espiritual pero ello necesita un verdadero esfuerzo de ver muy bien la realidad que vive la soledad y entenderla para que de esta forma podamos construir verdaderas comunidades creyentes.

Por eso debemos fijarnos a conciencia la invitación del apóstol Pablo en cómo vamos construyendo. Por lo tanto, la primera e inaplazable tarea es la formación integral de la persona. A ello queremos dirigir nuestros esfuerzos, encauzar nuestras energías, dedicar nuestros desvelos. Hoy como nunca es una exigencia invertir todos los recursos a nuestro alcance en la formación de las personas y en la promoción de condiciones de vida digna para todos. La formación para la comunión se convierte así en el desafío más importante.

Que el señor los bendiga y los fortalezca y aprendamos a ser piedras vivas en nuestra Iglesia.

¡Dios Bendijo a Ciudad Juárez!