Mostly Cloudy

26°C

Mostly Cloudy

Clima:

La intención del corazón

Antonio Fernández.- Jesús vino a dar los medios para alcanzar la santidad de quien cree en Él y en su palabra. Pero el sanedrín fingía cumplir, para recibir los bienes ofrecidos a los escribas y fariseos.

Jesús avoca esos problemas: Ayer en Israel, hoy en el mundo es la perversión moral, homicidio, adulterio y divorcio, el falso juramento, la ley del talión y reprimirse del amor a los enemigos. Dijo Jesús: “Porque Yo digo que si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”.

Nuestro Señor inicia su Cátedra usando la misma fórmula de entrada para atraer la atención de la multitud, habla de la ley que la mayoría tiene conocimiento por la costumbre de asistir en sábado a la sinagoga. Jesús Maestro da a la falsa interpretación de la Ley, que en ese momento escucha a su pueblo.

El complemento de la doctrina, muchas almas de diferentes siglos desearían haber escuchado al Hijo de Dios legislar su divina autoridad, perfeccionar y complementar la antigua Ley: “Sabéis que se dijo a los antiguos: No matarás; y el que mate será reo de juicio”.

El acto es de condenación. Dice San Agustín refiriéndose a la obra del Señor: “La misericordia de mi Dios se anticipará”. Como en la vida terrena Jesús está al lado del pecador, así estuvo en Israel, a pesar de que a su muerte no creyó ni reconoció la divinidad de su Mesías, pero sí rechazó, se anticipa al predicar el punto que destruye el amor divino: al privar la vida del prójimo.

Jesús ha legislado no solo los actos externos, también los interiores del alma: “Mas Yo os digo: Todo aquel que se encoleriza contra su hermano, merece la condenación; quien dice a su hermano “raca” merece el sanedrín; quien le dice “necio” merece la gehena del fuego”.

Bueno es valorar la misericordia del Señor que muestra en tres apartados el complemento que hace del mandamiento “No Matarás”. Antes de que la cólera lance contra el hermano, detener el homicidio, algo que quizá no tenga sentido a la vista del incrédulo, pero lo tiene, es el acto de donde parte el propósito del ser humano a quitar la vida, el rencor colérico, descarga la ira contra el prójimo, de reprimirse a tiempo, evitará el ofensor como el ofendido el acto que violenta la voluntad de Dios. 

Al decir Cristo Nuestro Señor “hermano” se refiere a todo hijo de Dios. La inmensa cantidad de crímenes han tenido un punto donde inició el acto que encendió la pasión: la furia y la ira contra el hermano que Jesús pide respetar, lo inducen a obrar con malignidad.

Jesús legisla el ilícito que merece la condenación eterna, porque dispone la pasión que enciende el temperamento e induce a cometer el homicidio, por eso, lo que parece una nada, como decir al hermano “Raca”  es grave razón por el que será reo de juicio y comparecer ante el sanedrín, donde se ventilaban causas graves, semejantes a un homicidio; decirle al hermano eres un necio, se le califica de malvado, impío y maldito de Dios, exclamaciones despreciables al hermano, de ser cierto sería causa en ser enviado a la gehena, lugar donde se depositaban las inmundicias de la ciudad para ser quemadas, por esta razón se le dio el nombre de infierno.

El resultado de ir contra este mandamiento, es comprender en que lo simple sin valor aparente, es un acto de ira que atrae la venganza de Dios, por eso, lo mejor como hijos de Dios es vivir en concordia y tranquilidad.

En este tiempo, como ha sido cada siglo, Jesús no se detiene a manifestar su misericordia perdonando al cristiano católico que imita al Hijo de Dios, perdona al prójimo a pesar del problema existente. Pide Jesús reflexionar en su palabra evitando la cólera, en lugar de decir “tus pecados te son perdonados”, ha dicho: “Te perdono, he olvidado lo que contra Mí has cometido”.

Las maldiciones latentes en el corazón y los labios de la humanidad de donde vienen los asesinatos, están a la orden del día, hay personas que su conversación está basada en lanzar maldiciones contra el prójimo, dan sentido a la palabra con que maldicen y todos entienden, al reclamar la necesidad de corregir dicen: “Así hablo, no voy a dejar de hacerlo”.

La realidad es superior, empiezan entre sí a maldecirse, bromeando una y otra vez con insistencia, al empeño de ambos se dicen las más exaltadas imprecaciones contra el prójimo, ya que va su agresividad está a la vista de los demás, llegando al grado en que el ofendido no tolera la voz ofensora que cala y molesta, la injuria que sube de tono, se responde con agresiones más hirientes, llegando a la agresión física, en este jaloneo, al verse perdido se cobra con la vida del otro, agravando las cosas, que en condiciones normales se hubiera evitado como enseña Jesús: “perdonar hasta setenta veces siete”. 

La soberbia en el hombre no deja escuchar esta solución, el carácter explosivo donde hombres y mujeres no toleran una contradicción o corrección, crítica o comentario a sus errores; al instante vuelcan una carretada de maldiciones e injurias, al rato son homicidios.

Ante el hecho fortuito llega tarde el arrepentimiento, se ve que quien maneja la voluntad en las almas en estas condiciones es el demonio: tienta, empuja y atrae, por eso en pocos la palabra de Cristo es el centro de su existencia, la guardan, cumplen su mandamiento aclarando: perdonar no es cobardía, es acto de valentía.

Del disgusto entre hermanos dijo Jesús: “Por tanto, si al llevar tu ofrenda al altar, te acuerdas allí que tu hermano tiene algo contra ti”, y tienes algo que reprocharte, sea culpa tuya o no, el hecho está en que existe una ofensa o discordia; la misericordia de Dios muestra el celo porque sus hijos vivan en orden su vida, no importa tener que interrumpir el acto sagrado del Santo Sacrifico de la misa, para buscar la conciliación con el hermano, esto es nuestro prójimo, el que injuria es deudor del injuriado.

¿Es posible reconciliarse con el injuriado? ¡Sí! Es hacer bien a nuestra alma, no injuriar a nadie, dejar nos sacuda la misericordia de Dios y conmueva la importancia para con Jesucristo Nuestro Señor, que el ofensor dé más importancia a la conciliación por sus ofensas.

Ha dispuesto Jesús: “Deja tu ofrenda delante del altar y vete antes a reconciliarte con tu hermano, después vuelve y presenta tu ofrenda”. Quiere el Señor que las almas vivan en comprensión mutual.

Dice San Agustín: “Si ofendiste en algo al hermano, ve a reconciliarte, no con los pies del cuerpo, sino con el movimiento de tu espíritu, que te lleve a prosternarte ante el hermano en presencia de Aquel a quien debes ofrecer tu don”.

El cristiano católico debe repasar las acciones del día, corregir el mal hábito de injuriar al prójimo en palabra, obra y pensamiento, pero eso no lo es todo. Pide el Señor que nuestra relación con el hermano ofendido, sea modificar, corregir, enmendar y remediar para que jamás vuelva a ocurrir.

Al confirmar el amor que pide Jesús, es ir ahí donde está el punto que molesta el corazón, si se ha ofendido en algo pequeño que molestó a tu hermano, ruega por él, para Jesús que es el deudor busque su perdón y perdonar, evitar que lo conduzca al tribunal, evitar el juicio y no se ejecute sentencia, pide conciliarse con el hermano injuriado. San Buenaventura da el camino que eleva el alma a las obras que el Señor nos pide: “La fe alumbra para el conocimiento de Dios; y la caridad, inflama para la devoción”. Que esta sea siempre la intención del corazón.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.