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El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo

Antonio Fernández.- La palabra de Dios está en los Santos Evangelios, en los Hechos de los Apóstoles, en las Cartas de San Pablo y en los Libros Sagrados: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, estos conforman el Antiguo Testamento llamado: Pentateuco. El autor, Moisés, lo escribió inspirado por Dios.

Hablando Jesús de él a los judíos, que como hoy, proliferan muchos falsos “profetas” que anuncian de sí mismos su jactanciosa doctrina, engreídos por la soberbia de su error, dijo Jesús: “No penséis que soy Yo quien os va a acusar delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quien habéis puesto vuestra esperanza. Si creyereis en Moisés, me creerías también a Mí, pues de Mí escribió él”.

Advierte San Jerónimo al cristiano católico: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. Porque siendo obra de la perfección que viene de Dios, su enseñanza es revelada por Él, siempre ha sido y será actual la conducta la humanidad de todos los siglos, donde habrá de cumplir todo cristiano católico en su paso obligado por el mundo, para la salvación de su alma, siendo para el pecador el mejor camino de reconciliación con Dios, su Creador.

A pesar de leer las interpretaciones de los doctores de la Iglesia y los Santos Padres, sino hay fe en el corazón de quien lee, inútil será entender y menos escuchar.

Nuestra Santa Madre Iglesia, celosa guardiana de la fe, nos ilustra sobre la Santísima Trinidad: “Lo que la fe nos enseña en este misterio, es que de tal manera Dios es uno en su naturaleza como ha estado siempre, pero también es triple en las personas, que son El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo: cada una es Dios vivo y verdadero: la primera persona, que es el Padre, contemplándose perfectamente así mismo (ab aeterno), engendra a la segunda persona, que llamamos Unigénito Hijo de Dios o El Verbo Eterno, esto es Cristo, Nuestro Señor, resplandor de su gloria y figura perfecta y acabada como lo es el Padre. Por eso es Dios, es decir que estas dos divinas personas, Padre e Hijo, mirándose y complaciéndose el uno al otro con inenarrable contento y gozo, se aman infinitamente; de este amor recíproco procede El Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad”.

“Por lo tanto, estas tres personas son iguales en todo; por lo que la perfección del Padre es la perfección del Hijo y la del Espíritu Santo. En el Antiguo Testamento, Dios da a algunos los indicios del misterio y presencia de la Santísima Trinidad, hablando en plural indica en el Génesis: “Entonces dijo Dios: Hagamos (vestigio) un hombre a imagen nuestra (vestigio) conforme a nuestra (vestigio) semejanza”.

La palabra vestigio sirve para apreciar la señal que el Padre permite para conocer la presencia en la creación con Él de las personas de la Santísima Trinidad. Él siendo un solo Dios Padre todo poderoso, creador del cielo y de la tierra; el Hijo, la obra de la redención; y el Espíritu Santo, la santificación.

En el momento de la Anunciación, el cielo en pleno espera la respuesta de María. ¿Cuántas ocasiones hemos repasado el Evangelio de la Anunciación? Si se ha hecho alguna ocasión, ¿qué se ha encontrado? Las almas de santidad estudiosas y en gracia del Señor aprecian la obra perfectísima de Dios.

Adentrémonos en el hecho. El ángel mensajero de Dios, comunica a Nuestra Madre el mensaje del Señor; su palabra no es propia del ángel, ni basadas en alguna explicación que Dios le hubiera dado. ¡No! El ángel menciona al pie de la letra cada palabra que Dios dispuso se diera a conocer de su parte a María Santísima, o sea: Dios habla a María a través de su mensajero. ¡Y así fue! ¿Qué idea nos queda de ello? La obra de Dios fue preparada por Él antes de todos los tiempos.

Por ello que diga el mensajero; “Salve, llena de gracia; el Señor es contigo”. Comprende María que está a la vista del Padre, esto es de la Santísima Trinidad. “Al oír estas palabras, se turbó, y se preguntaba qué podría significar este saludo”. María se turba, porque no está acostumbrada a estas salutaciones, el ángel percibe lo que ella vive en su alma y obra tranquilizando el corazón de María, el Espíritu Santo interviene a fin de que reine en su alma la paz.

Continua el mensajero: “No temas María, porque has hallado gracia cerca de Dios”. María, conocedora de la ley y las profecías, posee conocimientos vastísimos, donde su inteligencia espiritualmente la hace sobresalir por su fe y amor a Dios, lo que le ha puesto por encima de toda enseñanza, unida a su gran humildad, de la que fue siempre en ella la virtud en la que se goza el Señor.

Dice el evangelista: “Guardaba todas estas cosas en su corazón”. El ángel hizo la salutación. Pasada la turbación, María fue escuchando cada palabra del mensajero: “Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. Y el Señor Dios le dará el trono de David, su Padre, y reinará por los siglos, y su reinado no tendrá fin”.

María al instante entendió que el ángel se refiere al Altísimo, es decir a Dios Padre, y al decir el Hijo, se refería al Mesías quien es el Hijo de Dios. Por eso, cuando el ángel dice: “He aquí que vas a concebir en tu seno, y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús”.

Queda confirmado en ella el deseo de Dios. María recibirá en su seno al Hijo, al que pondrá por nombre Jesús, se confirma la realeza del Hijo del Altísimo, haciéndole saber lo que ella conoce. Vendrá al mundo a tomar el trono de David, o sea el de Israel, para salvarlo del pecado.

María escucha en silencio, con humilde sumisión, el mensaje. No quiso ser obstáculo al deseo de Dios, su interior le diría: no debería esperar más. Por lo que se adelanta a comentar: “¿cómo será eso, pues no conozco varón?”

Ella prometió su castidad a Dios, permaneciendo limpia de toda mancha de pecado para mayor gloria de Él, en sus palabras acude dócil: “Habla, Señor, porque tu sierva escucha”. Ha hablado la entrega de María, no hay duda en ella de su aceptación. Deja todo en manos de Dios. Hará lo que Dios Padre disponga y el ángel responde: “El Espíritu Santo (tercera persona) vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo (primera persona) te cubrirá; por eso el santo ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios (segunda persona)”.

Por las palabras del ángel, María comprende estar ante la Santísima Trinidad, el mensajero ha pronunciado a cada una de las personas presentes en el sublime momento de la reencarnación del Hijo del Altísimo en el seno de María. El Señor, a través de su mensajero, hace saber a María que su parienta Isabel, en la vejez, concebirá un Hijo y está en el sexto mes la que decían estéril.

Es en ese momento, María Santísima, inspirada por el Espíritu Santo, confirma el deseo de Dios al terminar el ángel su mensaje: “Porque no hay nada imposible para Dios”. Enseguida, María eleva la oración que envolvió de gozo las entrañas de Dios, ºar la voz tierna y amorosa que acepta su divina voluntad al aflorar de sus labios benditos la respuesta humilde, al decir: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra”.

El ángel se retiró. El Hijo del Altísimo al instante es depositado en el seno de María Virgen para hacerse hombre, por obra y gracia de la tercera persona de la Santísima Trinidad: El Espíritu Santo.                                                      

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