LA DULCE PERSEVERANCIA DEL SEÑOR

Antonio Fernández.-  La caridad fraterna nace del amor de Dios por las almas, la razón del amor del Padre radica en la salvación de las almas por Él creadas, de donde concebimos que el motivo de la predilección del amor divino no tiene límite, y más cuando de la salvación de las almas se trata. 

El Padre movido de su infinita y misericordiosa bondad, en un acto de caridad fraterna se desprende de su Hijo del que dijo: “Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco”… Enviando al mundo al Verbo de Dios, que por obra y gracia del Espíritu Santo queda encarnado en el seno de María Virgen. 

¿Cuál es el motivo para desprenderse el Padre de su Hijo amado? Fue y es el amor del Padre al Hijo, y del Hijo al Padre y el amor unido de ambos por nuestra salvación, de proponernos reconocer nuestras flaquezas, mirándonos en el espejo de la vida, siendo rectos de corazón aceptemos no tener ni el merecimiento ni los méritos para ello, prevaleciendo la voluntad del Señor, quien finca los bienes que todo hijo de Dios necesita para salvarse. 

El Verbo de Dios en las alturas viniendo a sufrir y padecer, entrega su cuerpo, sangre, alma y divinidad, siendo su pasión, crucifixión y muerte Santísima la muestra del amor predilecto del Padre y el acto sublime por el que Dios redimió al mundo del pecado, que su Amado Hijo Jesús cumplió el deseo amoroso de su amado Padre, al establecer para todas las almas el camino de su salvación. 

Para discernir la obra de Dios asegura el Pbro. Royo y Marín: “Toda la vida de Cristo en la tierra, consistió en cumplir la voluntad del Padre”… La palabra de Jesús es de vida eterna, la que no cesó de sembrar, de ella viene la aspiración en corresponder a su amor con amor, cumpliendo el Mandamiento de la Ley de Dios: amar a Dios y al prójimo, como esencial medio de salvación. 

La misión del Hijo de Dios es obrar como Servidor del Padre, redime al pecador de los sufrimientos causados por sus errores, esparce su comprensión y ternura sobre el pecador, su amor será el apoyo para reconciliar las almas en el Señor. 

Pero el que se dice fiel a Cristo se entrega a la oración, a la práctica de las virtudes, a obrar bien y evitar el mal, a realizar apostolados, es constante en la frecuencia de sacramentos y todo lo que sea aumento de espiritualidad; pero el que cierra su corazón ante el apuro, penuria y necesidad del hermano, que podría tenderle su mano pero se niega, la avaricia hace surgir múltiples justificaciones al mundo que ante Dios son injustificables. 

El hermano en crisis debe estar seguro que la vida de oración puede más que esos actos “de fe y de fervor” porque quien se niega, su conducta es vana ilusión de forma y de fondo, apariencia y pose, al interior del corazón predomina la codicia. 

Por eso disponer la oración según este criterio, queda como la del fariseo: sin valor, porque no existe la fe y el fervor que debiera conducirlo al motivo de su oración, cuando se trata de llevar a la práctica la oración y sus obras, su corazón está cerrado al deseo de Dios. 

¿Qué puede hacer ese “fiel” al prójimo? Nada. Su actitud lo contradice, por eso esquiva al hermano en sus necesidades, prevalece su deseo ardiente de no perder los bienes del mundo, ignorando el deseo del Divino Maestro. 

Esta conducta humana se aprecia en todos los niveles de la sociedad; el que tiene, como quien tiene pocos bienes o nada, niegan dar sumisión y docilidad a la voluntad a Dios. ¿Por qué? Es cómoda la postura negarse, argumentar para no ayudar, aferrarse a la incredulidad, a poner en duda, por sí mismo se es infiel al mandamiento del Señor, su oración es sin valor. 

Pero la obra buena del fiel a Cristo, que cumple motivado por su fe, dispone sus obras a mayor gloria de Dios obrando en bien del hermano e hijo en Cristo que padece. 

Toda obra de corazón es fruto del amor a Dios, quien carece de las virtudes de fe, esperanza y caridad, niega a Cristo lo que siendo suyo no lo destina en favor de la salvación de su alma, aunque todo esto, más lo que escuchamos y oímos en los hechos, la sordera del cuerpo es no escuchar, cerrar los ojos del alma y no ver. 

Cristo vino a cumplir al mundo el mandato de Dios, su Padre, por su obediencia y amor a Él, dejó la gloria eterna. ¿Alguna vez hemos pensado por qué dejó los bienes gloriosos de que goza en la gloria eterna? 

Jesús jamás escatimó dejarlo para venir a nosotros, sabiendo que sería humillado, escarnecido y ultrajado injustamente, eso no fue impedimento, su misión fue y continuará siendo primordial, desparramando en las almas la semilla salvadora de la verdad eterna, que ayudará a las almas a encontrar en Dios la consolación. 

Negar la más pingüe limosna al necesitado de la calle, también se negará con mayor razón al que acude por una ayuda mayor para superar la crisis en que está envuelto; las actitudes humanas son causa de dolor en el corazón de Jesús, los corazones cerrados por avaricia, cicatería, aferrados a males graves empeoran su alma. 

Su actitud parece que no les importa; la tacañería, conducta propia del usurero codicioso, refleja su miseria, estas actitudes humanas y más, son causa de dolor en Jesús, pero aún así no abandona, porque en Él su intención es verdadera en atraerlas a su redil, pero aquel que dice “soy fiel a Cristo” y con sus actos lo está negando, cierra su corazón. 

Dice San Pablo: “¿Cómo puede residir en él la caridad de Cristo?”… 

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. 

Más en esta categoría: « EN LA HOGUERA EN LA HOGUERA »