La cultura política: ciudadanos, partidos y candidatos

Antonio Villegas.- Es lugar común hablar del gran fracaso de los partidos políticos por no cumplir sus promesas de campaña y la de no mostrar voluntad política para acabar con la corrupción, sino por el contrario, profundizarla más.

De lejecitos, “todos los partidos” se parecen en la forma de conducirse y de construir sus discursos, casi todos ofrecen lo mismo, incluso utilizan hasta las mismas expresiones verbales y entre ellos hacen pactos en lo “oscurito”. Parafraseando el dicho popular, diríamos: “En la arenga electoral, todos los partidos son pardos”.

El común denominador observa y reclama la descomposición ética y moral de los miembros de los partidos: la corrupción en el más amplio sentido del término. Lo extremadamente raro es que, al momento de las campañas electorales, surgen candidatos que parecieran separarse del cuerpo del partido a que pertenecen y tomaran una conducción esquizofrénica, negando sus propios actos y los de su equipo.

Si su partido ostenta el poder en el momento de la campaña electoral, dicen atacar lo que ellos promueven. Un ejemplo claro, es que cuando pasó el gasolinazo, el PRI y el PAN, principalmente, votaron la reforma energética y aprobaron el aumento del impuesto a la gasolina, entonces dijeron que era una decisión necesaria. Cuando estalló la rebelión contra el gasolinazo, “ellos se levantaron de las sillas desde donde tomaron tales decisiones, para luego culpar a las sillas vacías”.

Y aunque pareciera contradictorio, los ciudadanos que rechazan la corrupción, las prácticas deshonestas, ellos mismos votan por esos candidatos de quienes conocen su historial negro; pues suponen que pueden ser agraciados de manera personal, ya sea porque cuentan con algún amigo o familiar cercano al candidato o por el beneficio de una pantalla u otro favor…

Es decir, ambos empiezan a jugar un rol, por decirlo de alguna manera, perverso. ¿Pero, esos candidatos están fuera del cuerpo de sus partidos? No, el candidato obedece a su partido. Pareciera que candidato, partido y ciudadanos entablaran un pacto secreto de “tolerancia al maltrato” para que, tanto la sociedad como el sistema político, resistan juntos a cualquier cambio verdadero.

Y quien ostente hacer cualquier transformación de fondo, seguramente será un loco, un peligro para la ambivalencia aceptada y pactada por usos y costumbres entre el ciudadano y la “clase política”.

Estos usos y costumbres de intercambiar favores (nombrándolos gestoría social: proporcionar facilidades para obtener un terreno, una despensa, bajar precios de luz y agua, condonar impuestos…) por votos, ¿formarán parte de nuestra llamada “cultura política”?

¿Pero existe eso que llaman cultura política? Los hechos nos dicen que sí. Decía Gabriel Almond y Verba en 1965 que “El término de Cultura Política se refiere a las orientaciones específicamente políticas con relación al sistema político y sus distintas partes, y a actitudes relacionadas con el rol del individuo con el sistema […] cuando hablamos de una cultura política de una sociedad nos referimos a cómo se ha interiorizado el sistema político a través de conocimientos cognoscitivos, de sentimientos y evaluaciones por su población…”

La reproducción del comportamiento de la sociedad es esencial para la sobrevivencia del sistema. De esto depende que los medios de producción garanticen su permanencia.

Estamos ante un verdadero reto. Cómo romper ese círculo vicioso que nos han construido como sociedad desde hace varios sexenios. Considero que una de las trampas que nos han tendido y de la que hemos sido víctimas, es la de separar los hechos políticos de la participación ciudadana.

La llamada clase política no ha cumplido su papel pedagógico de transmitir los intríngulis de la política como teoría y como acción. Separan al ciudadano de su compromiso con la participación política, reduciendo su papel a introducir una boleta en la urna y a depender de las matrices de opinión que generan los medios de comunicación: “De política y religión mejor ni hablemos”, “Solo somos ciudadanos y no nos metemos en política”, “No politicemos ni ideologicemos la educación…”

¿Pero qué sabemos los ciudadanos de a pie sobre la sistematización de la participación política, más allá del enojo por el incumplimiento de las promesas de campaña? “Como todos son iguales” no distinguimos sus diferencias. Les atribuimos solamente una función administrativa para ocupar puestos en los sectores públicos y de cumplir con la representación en las cámaras legislativas, gobernadores, etcétera.

Algunos definen a los partidos políticos como: “Entidades de interés público que tienen como fin promover la participación de los ciudadanos en la vida democrática, contribuyen a la integración de la representación nacional y como organizaciones de ciudadanos, hacen posible el acceso de éstos al ejercicio del poder público…”

Sin embargo, es necesario abordar el asunto un poco más de fondo: “Cada partido político detenta una ideología la cual le otorga claridad conceptual y actuará como una especie de guía en su accionar político, en tanto la misma se encuentra compuesta por los siguientes elementos: doctrina (conjunto de creencias que se tomarán como válidas), teorías (sistematización explicativa, comprensiva y explicativa de la realidad en la cual entienden), plataforma (agrupación de los principales problemas políticos, sociales y económicos), programas (los planes para paliar esos problemas que se identifican en la plataforma) y consignas (aquellos slogans o lemas característicos del partido y que en definitivas cuentas serán algo así como su marca registrada y los diferenciará del resto o de ideas bastante parecidas, pero que cuentan con otros nombres)”.

Es importante comprender que no basta escuchar y seguir a equis candidato, sino que hay que conocer y estudiar sobre el partido que lo postula: cómo se ha comportado al momento de legislar. Hay que saber cuál es su ideología que lo fundamenta. Si se es militante o simpatizante, exigir congruencia a su dirigencia. Y a los candidatos, que su programa de campaña, diga la verdad, que se maneje con ética…