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¿Divides al mundo?

Dr. Fernando Antonio Herrera Martínez.- Decidir el cómo conducirnos ante y frente a los demás, es cosa, de suyo compleja, que incluye la condición humana, de la que somos víctimas o victimarios, condición que carece de límites, que, incluso, nos lleva a cometer actos de barbarie o de amor inimaginables.

Caminamos por la vida decidiendo si éste, aquél o ésta o aquélla son mis amigos o mis enemigos según haya tenido alguna relación con esa persona, dependiendo, claro, de los resultados. Siempre me he preguntado, si esta forma de caminar es correcta o si debemos aprender a que las cosas en el mundo, entre nosotros, las personas, siempre conllevan la carga del amor, del interés, de las cosas que despiertan al ser bueno que todos tenemos o al malo que, también está dentro de nosotros.

Dicen que en la política, casi todo se define por afecto, lealtad, amistad o complicidad; que, una vez, acumuladas representan, justamente, el amor y/o la complicidad, usted habrá pasado por ello, pero, sin saber cómo le fue, espero, concordemos en que todo se mueve de acuerdo a esa condición humana que nos atrapa, tanto para el bien como para el mal, a riesgo de solo señalar extremos, dejando a salvo, por supuesto, las tonalidades que usted crea que hay.

Si la vida se mueve igual, entonces, nos daremos cuenta, conscientemente, si, de verdad, caminamos por la vida acumulando amigos o enemigos. Sé que es inevitable, a veces, que alguien se disguste con nosotros o viceversa, pero también es recomendable que no nos la tomemos personal, sino que entendamos que el mundo camina de acuerdo a nuestra condición humana, que, repito, carece de límites cuando de intereses se trata.

Lo importante es que seamos conscientes de que este fenómeno se presenta cotidianamente, para cuidarnos de caer en los extremos, siempre perjudiciales, de tomarlo como blanco y negro y caminar haciendo de cada persona que tratamos un amigo o un enemigo. Esa no es vida, se lo aseguro, se lo firmo y no se lo recomiendo, por lo que, mejor llévela con más calma y menos acelere.

El libre albedrío

Tengo la certeza de que un Ser Supremo nos dotó de este Don, porque no puede considerarse, de ninguna otra manera, el significado de contar con esta libertad plena, de la que, por cierto, se abusa desde los orígenes de la humanidad.

Si usted, en algún momento, decidiera conceder a sus hijos la libertad de arreglar problemas o diferendos, entre ellos, en el seno del hogar, incluidos, yendo a los extremos, algunos golpes, para solucionar, en caso de que el entendimiento no llegue de otra manera. En esta, impensable hipótesis, creo que ya habría corregido y retirado el permiso de arreglarse a golpes entre hermanos.

En el caso de nuestra existencia, el Don concedido, del Libre Albedrío, no ha sido retirado, aunque hayamos hecho cosas impensables, imperdonables, jamás pensadas por nadie, pero que, aún así, han ocurrido; por citar un ejemplo, el holocausto. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no se nos ha retirado ese libre pensar, esa libertad de decidir, de hacer con el tiempo de nuestra vida lo que mejor nos parezca, por equivocados que estemos?

Es una situación que debe llevarnos a una seria reflexión acerca de nuestro actuar, de nuestra forma de vivir, de cómo nos conducimos ante y frente a los demás, la convivencia que generamos, la interacción que propiciamos, etc. ¿Se ha preguntado alguna vez si es usted merecedor de tener esa gran libertad de pensar, decidir y actuar de acuerdo a sus intereses, conveniencias, sentimientos, razones, etc.?

Ojalá de la reflexión resulte, en caso de que la hagamos, algo que nos lleve a procurar un poco más de paz, de armonía, de estabilidad emocional, con un mejor equilibrio entre las razones que siempre tendremos con los sentimientos que siempre sentiremos en cada actuación en el tiempo que nos toque vivir.

Por lo pronto, reconozcamos que si hay un Padre, y yo lo creo, éste ha sido generoso, compasivo, misericordioso, responsable de la decisión primera de conceder la libertar en mención, nos da la oportunidad de alcanzar el perdón, con el sincero arrepentimiento de algo malo que hagamos, dejando claro su empeño de amor, sin límite, por nosotros.

No sé si lo merecemos, pero creo que tenemos un Padre, que sí sabe la clase de hijos que tiene. Creo que nunca lo engañaremos aunque quisiéramos.

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