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Majestuosa grandeza su transfiguración

Antonio Fernández.- ¿Cuántos bienes tenemos que no recapacitamos en ellos, entregados por Dios sin solicitarlo?

Es su amor por las almas, el deseo de su salvación está en su corazón, buscando despertar el amor latente a Dios que vence la soberbia maligna y exalta la nobleza, que a la postre descubrirá lo más sublime del alma: la sincera reconciliación, que le ayudará en su momento encontrar en el rostro de Jesús la paz y tranquilidad del alma, la superación espiritual que no tuvo en su vida pasada, el Ángel de la Guarda revivirá en el cristiano católico el camino al Señor.

Viviendo la fe de Cristo se recibirá la luz de su bondad y entenderá que, viendo al Hijo, se ve al Padre y al Espíritu Santo, la majestad del Señor en su gloria eterna.

Dice San Juan: “El que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre”… Y tampoco tiene al Espíritu Santo. ¿Qué hacer para asimilar en nuestros actos revelación del Apóstol? Es sencillo, es de Fe corresponder al amor de Dios con amor, a la bondad infinita de Jesús responder con Fe, confianza y fidelidad, quien confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, en Dios permanece, y Dios está en él.

Jesús anunció por tres ocasiones a sus discípulos su muerte en la Cruz, para que avisados estén preparados cuando llegue el momento, no se digan sorprendidos, por eso, el tiempo de Cuaresma es vivir con Cristo y para Cristo, apartarse de lo que pierde, concentrarse en la oración y el ayuno, abstinencia y penitencia.

Muchos en un desplante inexplicable, manifiestan que nada importa de lo que Jesús obró por su salvación. Angustiados nos preguntamos: ¿Tan de mal corazón es la humanidad? Nada mueve sus sentimientos de amor a Cristo que crucificado entregó su vida, derramó su preciosísima sangre por la salvación de tu alma. ¡Increíble! Se pasa por alto.

En la Transfiguración del Señor entendemos la fe de los discípulos del Señor, por Él bien conocida, está muy por encima de tanta gente que lo escuchó, estuvo en sus predicaciones y vieron sus prodigiosos milagros. Nuestro Señor no vio su preparación ni conocimientos religiosos, vio su fe.

Dice el evangelio: “Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan su hermano, y los llevó aparte, sobre un alto monte”… En los discípulos predilectos en que la Fe está más consolidada, les dijo el Señor: acompañadme, nos enseña a imitarlos, a obedecer su deseo, ninguno replicó a su Maestro, confiados, como debe ser el camino al Señor: Fe y confianza en su palabra.

Rodeados por la oscuridad en el monte, dijéramos, una boca de lobo, se orientan en la oración mirando hacia donde escuchan la voz de su Maestro rezar, el Señor fija su rostro en la tierra, ellos también, cuando va apareciendo una luz que de menos va a más hasta ser esplendorosa desaparece la oscuridad de la noche, la luz es intensa.

Dice el Evangelio: “Y se transfiguró delante de ellos; resplandeció su rostro como el sol y sus vestidos se hicieron blancos como la luz”…

Así quiso Jesús que se obrara su persona delante de ellos, vieran desde el principio cómo fue su cuerpo siendo luminoso y brillante, y creyeran cómo es su Maestro en su gloria, al hablar de la naturaleza de los cuerpos resucitados dice San Pablo: “Sembrado cuerpo natural, resucita cuerpo espiritual; pues si hay cuerpo natural, lo hay también espiritual”…

Las almas que ganen la gloria eterna serán semejantes al cuerpo transfigurado de Jesús. Refuerza la visión San Jerónimo: “Se transformó, sin perder su cuerpo verdadero, no tomando un cuerpo aéreo. El resplandor de su rostro y el candor de sus vestidos fue un cambio accidental determinado por la gloria del alma que en ellos se manifestaba”…

Ver el rostro resplandeciente de su Maestro, y sus vestidos en un blanco tan intenso lastimaría sus ojos, fue impresionante, nunca imaginaron ver a su Maestro en esta forma, afirmó su divinidad ante su vista, Jesús les concede la gracia de admirar su majestad gloriosa.

“Y he aquí que les aparecieron Moisés y Elías, que hablaban con Él”… Recordemos el patrocinio: Moisés representa la ley preparada por él para la venida del Mesías, como Legislador, rinde reconocimiento al Legislador supremo que dijo: “No he venido  a destruir la ley, sino a dar cumplimiento”…

Los discípulos escucharon con claridad lo que el Señor y ellos conversaban sobre su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión a los cielos, confirmando la verdad que les ha anunciado.

El esplendor del momento, embelesa a los discípulos, que sacudido su corazón por la visión, aprecian el esplendor de la santidad sublime de Dios, no hay palabras que expresen la magnificencia de esta revelación del Señor, movidos solamente por el deseo de servir a su Maestro.

Dice el Evangelio: “Entonces, Pedro habló y dijo a Jesús: Señor, bueno es que nos quedemos aquí. Si quieres, levantaré aquí tres tiendas, una para Ti, una para Moisés y otra para Elías”…

El impulso de Pedro motivado por detener ese momento que los ha embargado de dulzura, anima a su ser desear que continuara el gozo en su alma, no era el cuerpo el que se gozaba en este momento, sino sus almas.

La inocencia de Pedro habla no sabiendo lo que está diciendo, desborda gozo su corazón, intenta continúe la visión de la humanidad glorificada de su Maestro, no quisiera irse de ahí, nos preguntamos: ¿Entonces, cómo será la eternidad para las almas que merecen ver cara a cara la grandeza de la divinidad? Obrando bien y evitando el mal.

“…No había terminado de hablar cuando una nube luminosa vino a cubrirlos y una voz se hizo oír desde la nube que dijo: Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco; escuchadlo a Él”…

La voz del Padre se escucha cuando Jesús fue al río Jordán a ser bautizado por Juan. Dice el Evangelio: “Y una voz del cielo decía; Este es mi Hijo, el Amado en quien me complazco”…

El Padre hizo la revelación del más grande de los misterios, en él reside su infinito amor de Padre a su Hijo Unigénito. La nube cubrió a Jesús, Moisés y Elías, su resplandor es la manifestación de la presencia de Dios, anuncia su majestad y realeza divina.

Ocultados los tres personajes de la vista de los discípulos atemorizados con su rostro en tierra, escucharon la voz del Padre, conocido en su mandato la aprobación de la divina pasión del Hijo, sin dejar lugar a duda, ha dado paso a su presencia en dos palabras: “Escuchadlo a Él”…

Así consolidarán su Fe ante las persecuciones y martirios, persecuciones y aflicciones: “Y los discípulos al oírla, se postraron rostro en tierra, poseídos de temor grande”… La voz del Padre se impone, el miedo se apodera en ellos, no quieren hablar ni moverse, queda demostrada la debilidad humana.

Dice el evangelista: “Mas Jesús se aproximó a ellos, los tocó y le dijo: Levantaos: no tengáis miedo. Y ellos alzando los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo”… Vuelve la normalidad.

Dice San Jerónimo: “Estaban tendidos en el suelo y no podían levantarse, por esto se acerca con clemencia para que, tocándoles, se ahuyente su temor y se vigoricen sus miembros; y lo que hace con el gesto, lo dice también de palabra: “No temáis”…

Así conforta el Señor las almas atribuladas que temiendo perder la gloria ante los embates del demonio, escuchan la palabra confortante de Jesús: “No temáis”. “Venid a Mí benditos de mi Padre”…

No desea la Gloriosa Majestad de Jesús desánimo, quiere Fe y confianza en Él, cuando lo veamos en la humillación de su Pasión, Crucifixión y Muerte, la majestuosa grandeza de su Transfiguración.

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