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Padre Mario Manríquez
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Soy Mario Humberto Manríquez Martínez. Yo sí nací en Parral, el 22 de agosto de 1968” nos dice entre carcajadas nuestro invitado de HOY, dando inicio así a una plática muy agradable que se prolongó por horas.
Fueron sus padres José Manríquez Ruiz (qepd) y María Luisa Martínez de Manríquez.  “Vivíamos todos en Parral, pero en 1980 llegamos a Ciudad Juárez porque mi papá se quedó sin trabajo y mi hermana, que trabajaba en Villarreal, pidió su cambio y se lo dieron para Juárez, así que nos vinimos rápido para acá” agrega el sacerdote con su franqueza habitual.

 

“Mi hermano Fernando tiene 47 años y es discapacitado porque cuando nació se quedó sin oxígeno y le falla el lenguaje y la coordinación motora, pero en todo lo demás se vale por sí mismo y es una persona muy alegre”

De su familia, el padre nos cuenta “fuimos doce hermanos, yo soy el penúltimo: José Luis, Jorge, Víctor, Teresa, Alma Rosa, Gerardo, Carlos, Antonio, Fernando, Sergio, Mario y Felipe. Cuando se junta la familia somos 38 personas en la misma casa y es muy bonito… Como me toca ser el cura, yo soy el que dirige la oración, damos gracias y luego el abrazo, la cena y los regalos durante la Navidad” expresa con felicidad en el rostro.
“El mayor tiene 59 años y el más chico tiene 40… Tuvimos una infancia muy bonita, vivíamos todos en una casa grande, pero para doce siempre una casa es chica. Era muy bonito porque comíamos juntos en una mesa larga y nos juntábamos todos a la hora de almuerzo, comida, cena… A veces estábamos los doce, a veces sólo cinco o seis, pero siempre la mesa estaba llena, nos servían lo mismo a todos y comíamos de todo”.
“Mi papá jugaba beisbol en Parral, así que en la mañana al beisbol y a misa en la tarde cada domingo, religiosamente, a la parroquia de San José. A mi papá le gustaba llevarnos a la misa de 6 ó 7 de la tarde, nosotros nos sentábamos y él siempre se quedaba de pie atrás de nosotros, no le gustaba sentarse” nos dice intrigado.

“Estoy muy satisfecho con todo lo que me ha dado la vida, con todo lo que me ha dado mi madre…”

Hablar de sus recuerdos de infancia le ilumina su rostro y su voz se torna más dulce. “Me llevaba mejor con mi mamá porque mi papá era muy serio y se iba al trabajo con los mayores. Sergio, el más chico, era el consentido de la casa, pero el más atendido por todos siempre ha sido Fernando, el que está enfermito”.
“Mi primaria la hice en las escuelas 101, La Paz y en el Colegio Adelante, todos en Hidalgo del Parral. En primaria fui un estudiante de 8.5. Estudié la Secundaria en la Técnica 15 turno vespertino y la preparatoria en CBTIS 128… Como todo adolescente y joven también tuve mis novias en la preparatoria, lo normal… Fue una adolescencia muy feliz, me gustaba hacer relajo” nos platica dejando ver que hasta la fecha conserva  su buen sentido del humor.

“El concepto de política que yo tengo es el del diálogo, del encuentro con la gente, la comunicación para servir en algo”

Terminada la preparatoria, decidió estudiar una carrera política, atraído por la idea de tener un mejor futuro para su país.
“Estaba estudiando primer semestre de Administración Pública y Ciencias Políticas en la UACH, pero no me gustaron el ambiente, ni el estudio, ni las materias, los estudiantes estaban muy maleados y entendí que eso no era lo mío, no era la idea que yo tenía de la política”, cuenta con la certeza de quien tomó la mejor decisión al cambiar la política por el sacerdocio.
“La política que conocí en aquel tiempo era demasiado podrida, los grupos que manejaban todo jugaban muy sucio, se peleaban por cualquier cosa en las juntas, por eso ahora me mantengo a distancia de todo eso, aunque todavía me gusta la política porque creo que debemos mejorar el país para poder vivir mejor” afirma seriamente.

“Tenía 14 años cuando por primera vez mi mamá me dijo que un padre de Chihuahua estaba invitando muchachos al seminario, pero yo le dije que ni loco”

Si bien dejó la universidad para irse al seminario, el padre Mario rememora que algún tiempo atrás, ya había recibido invitaciones para dedicar su vida al servicio religioso.
“A los 15 años, el primer sacerdote que me invitó al seminario fue el padre Jorge Gustavo Fong, pero también le dije que no… A los 18 años es cuando decido entrar al seminario, después de una experiencia muy especial” evoca el párroco de Santa Teresa de Jesús.
“Cuando llegamos a Juárez vemos que aunque era una ciudad tranquila para vivir, ya había algunos grupos de cholos agresivos. El Infonavit Casas Grandes era una colonia difícil y allí vivía un primo casi de mi edad y cuando iba saliendo de una fiesta con su novia, unos pandilleros lo apedrearon, le hundieron el cráneo y murió pocas horas después. Eso fue en 1982 y me impresionó muchísimo porque yo había ido a la primaria con él en Parral, habíamos convivido mucho” relata realmente conmovido.
“En el 86 estaba con mi papá, quien siempre nos inculco ayudar a nuestra comunidad católica, ayudando en la construcción de la capilla de Nuestra Señora de la Paz cuando de repente un ladrillo que arrojaron me da en la frente y me sale mucha sangre… Pensé de inmediato en mi primo mientras veía correr la sangre y sentí mucho miedo de morirme y de no haber hecho algo bueno en mi vida. Aún tengo la cicatriz del ladrillazo, en esos momentos pensé bien qué estaba haciendo con mi vida y fue entonces cuando decidí entrar al seminario” explica sonriente mostrándonos su cicatriz en la frente.

“El ladrillazo fue en septiembre y el 24 de febrero siguiente estaba yo saliendo para estudiar en el seminario de la Ciudad de México”

Trabajaba como coordinador del grupo de jóvenes en la parroquia cuando se fue al seminario. “El padre Agustín Navarro, que era mi párroco en Pradera Dorada, pertenecía a la congregación de los Sagrados Corazones y cuando le confesé mi intención de ser sacerdote, me invitó a entrar a su congregación” expresa con gran serenidad.
Con la aprobación del padre Navarro, el siguiente paso era hablar con sus padres acerca de la vocación. Su mamá le dijo que era de quien menos lo esperaba y su papá, sin voltearlo a ver siquiera, le pidió que lo pensara muy bien porque era algo muy serio, cosa que le extrañó. Tiempo después se enteró de que su papá hacía mucha oración por él cuando estaba en México preparándose para el sacerdocio.

“Cuando me fui al seminario, mi papá siempre iba a misa para pedir por mí y en su libro de oración escribió que esperaba verme ordenado como sacerdote”

“Fue una época muy bonita, la Ciudad de México es muy especial. Al igual que en mi familia, fuimos doce compañeros los que empezamos la formación sacerdotal, convivimos mucho pero de los 12 sólo yo me ordené. Formamos grupos juveniles en las parroquias de la congregación y de ellos salieron varias vocaciones: 14 jovencitas para religiosas y 7 jovencitos” comenta con orgullo.
A pesar del problema de artritis que padecía su papá, durante esos años nunca dejó de escribirle cartas, las cuales aún conserva el padre Mario. Fueron sus tres años de estudio de Filosofía en el DF y un año de Teología en Mérida, donde hizo también su noviciado, después del cual regresa a Ciudad Juárez un tiempo, para irse a estudiar tres años más de Teología en Guadalajara.

“Mi ordenación fue un momento muy bonito y muy especial, pero lo tengo borrado de mi mente”

La dulzura de su voz y su sonrisa desaparecen momentáneamente de su rostro cuando nos habla de su ordenación sacerdotal y las lágrimas aparecen porque, muy ligado a ese momento especial, está la prueba más dura por la que ha pasado en la vida.
“Me ordenaba de diácono el 17 de febrero de 1996 a las 10 de la mañana en catedral. El jueves 15 visité a mis padres, comí con ellos, pero mi papá estaba muy enfermo y me dijo que no sabía si iba a poder subir al altar en la ceremonia. Sin embargo, muy contento nos dio dinero para que fuéramos a comprarle un vestido muy bonito a mi mamá para la ceremonia” nos cuenta con la voz entrecortada.
“En la mañana del viernes 16 de febrero de 1996 me despiertan para decirme que falleció mi papá, un día antes de la ordenación y en medio de la ceremonia no pude contener el llanto. La ordenación como sacerdote fue muy bonita, pero no lo que yo hubiera querido, porque me faltaba mi papá y luego que encontré su libro de oraciones, la dedicatoria que le puso el padre Agustín fue ‘Que Dios le conceda ver a su hijo ordenado como sacerdote’ y siempre me pregunté por qué no fue así” dice con la tristeza reflejada en su rostro.